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Cuando Vidaurre le escribe a Santander –página 95 de la Defensa– para contarle que los Ministros de Inglaterra y Holanda le han dicho: “Su vida corre un gran riesgo: Bolívar ha descubierto el velo: quiere ser Emperador y abrir una nueva Dinastía”, comenta Rodríguez: “¡Si Bolívar hubiese querido ser Rey, no necesitaba mendigar sufragios, ni recurrir a intrigas para obtenerlos, ni confiar la suerte de su pretensión a cuatro sujetos sin caudal y sin preponderancia!”. Y pone esta secuela: “Un hombre que ha trabajado tanto por abolir la monarquía, ¿tendrá el propósito de restablecerla?”. Apela aquí –¡cuestión de suma significación!– a su magna obra de maestro del Libertador: “Bolívar no puede haber olvidado las máximas que han presidido en sus consejos, y reglado su conducta pública”. Tales máximas las dio e inculcó Rodríguez; lo declaró el propio Libertador: No he podido borrar siquiera una coma de las grandes sentencias que usted me ha regalado; siempre presentes a mis ojos intelectuales, las he seguido como guías infalibles [Carta de Pativilca, del 19 de enero de 1824]. Cita Rodríguez tres de esas máximas: “Sólo los filósofos son inmortales, porque viven en los corazones... La gratitud de los pueblos es la gloria eterna de los héroes profanos... Los guerreros, los conquistadores y los reyes se sepultan en los libros”. El apóstrofe final de la obra se dirige a los militares: ¡No morder al amo, que es la Patria, aunque rabiéis, es lo solo que os recomienda un compatriota que siente no poder ser militar![
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