La Casa De Papel Quotes

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Desde aquí no se ve el óxido, la pintura cayéndose y todo eso, pero ves lo que es realmente. Ves lo falso que es todo. Ni siquiera es duro como el plástico. Es una ciudad de papel. Mírala, Q, mira todos esos callejones, esas calles que giran sobre sí mismas, todas las casas que construyeron para que acaben desmoronándose. Toda esa gente de papel que vive en sus casas de papel y queman el futuro para calentarse. Todos los chicos de papel bebiendo cerveza que algún imbécil les ha comprado en una tienda de papel. Todo el mundo enloquecido por la manía de poseer cosas. Todas las cosas débiles y frágiles como el papel. Y todas las personas también. He vivido aquí dieciocho años y ni una sola vez en la vida me he encontrado con alguien que se preocupe por lo que de verdad importa.
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John Green (Paper Towns)
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Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Branque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.
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Julio Cortázar (Hopscotch)
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Hace poco, en EL PAÍS leí la historia de un matrimonio que desde hace años están abriendo su casa a inmigrantes sin papeles. Están metiendo en el templo que es el hogar a gente que no conocen de nada, y su hijo está allí, está disfrutando, viviendo con intensidad ese ejemplo. Para mí son héroes. No hace falta subir al Everest ocho veces en biquini, me parece mucho más alucinante aguantar la incomodidad de tener desconocidos en tu casa. http://elpais.com/elpais/2013/08/02/e...
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Jesús Carrasco
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La hermosa casa de mi abuela no está, ni va a volver, y mi abuela, con sus ojos de agua, tampoco, porque está muerta. Pero yo guardo sus cosas. Su ropa —sus faldas, sus abrigos con olor a butaca de cine—, envuelta en papel azul, en cajas de cartón, con bolsitas repletas de lavanda. ¿Para qué? No sé. O sí. Para algo horrible: para decir —¿decirle?— que yo —su nieta, su atea, su blasfema atroz— tenía razón, y que después no hay nada, pero que igual lo guardé todo. Para decir —¿decirle?—: "Aquí está lo que alguna vez fue tuyo: tus cosas, yo".
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Leila Guerriero (Teoría de la gravedad)
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-Si te llevas un libro a un viaje –le había dicho Mo cuando introdujo el primero en la caja- sucede algo muy extraño: el libro empezará a atesorar tus recuerdos. Más tarde, bastará con abrirlo para trasladarte al lugar donde lo leíste por vez primera. Y con las primeras palabras recordarás todo: las imágenes, los olores, el helado que te comiste mientras leías… Créeme, los libros son como esas tiras de papel matamoscas. A nada se pegan tan bien los recuerdos como a las páginas impresas. Seguramente tenía razón. Pero Meggie se llevaba en cada viaje sus libros también por otro motivo. Eran su hogar cuando estaba fuera de casa: voces familiares, amigos que nunca se peleaban con ella, amigos inteligentes, poderosos, audaces, experimentados, grandes viajeros curtidos en mil aventuras. Sus libros la alegraban cuando estaba triste y disipaban su aburrimiento mientras su padre cortaba el cuero y las telas y encuadernaba de nuevo viejas páginas que se habían tornado quebradizas por los incontables años y dedos que habían pasado por sus hojas. Algunos libros la acompañaban siempre; otros se quedaban en casa porque no se adecuaban a la finalidad del viaje o porque tenían que dejar sitio para una nueva historia aún desconocida.
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Cornelia Funke (Inkheart (Inkworld, #1))
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¿Qué significaba esto? ¡Qué forma tan extraña de proceder conmigo, como si yo fuese el más insignificante de los seres! «Tal vez todos los de la Casa Antigua no sean más que de mi imaginación mientras escribo – estuve pensando -, pues yo soy el que les ha dado la vida al permitirles anidar en esta faceta donde antes solamente había unos desiertos blancos y rectangulares de papel. Si no estuviera yo, todos aquellos que andan a través de los cauces estrechos de mis líneas, jamás serían conocidos por nadie». Desde luego, nada de todo esto le dije a la vieja, pues sé por experiencia que para un ser humano es la mayor de las afrentas el poner en duda su propia realidad, el dudar de su realidad tridimensional.
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Yevgeny Zamyatin (We)
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A lo largo de los años me había aislado del resto de la casa (del resto del vecindario, del resto de Ohio) con capas de tinta y papel y poesía, como una ardilla que cubre su nido.
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M.L. Rio (If We Were Villains)
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Estoy en este estacionamiento pensando que nunca he estado tan lejos de casa, y aquí esta la chica a la que amo y a la que no puedo seguir. Espero que sea la misión del héroe, porque no seguirla es lo más duro que he hecho en mi vida…
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John Green (Paper Towns)
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Baltimore Oeste. Te sientas en el porche, bebiendo una lata de Colt 45 envuelta en una bolsa de papel marrón, y ves un coche patrulla que dobla lentamente la esquina. El agente se baja del coche. Ves la pistola, distingues la pelea, oyes los disparos, te asomas para ver a los enfermeros meter el cuerpo del policía herido en la parte trasera de la ambulancia. Luego vuelves a tu casa adosada, abres otra lata, te sientas frente al televisor y miras la reemisión de las noticias de las once, después vuelves a sentarse en el porche.
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David Simon (Homicide: A Year on the Killing Streets)
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E, como nesse divertimento japonês de mergulhar numa bacia de porcelana cheia d'água pedacinhos de papel, até então indistintos e que, depois de molhados, se estiram, se delineiam, se cobrem, se diferenciam, tornam-se flores, casas, personagens consistentes e reconhecíveis, assim agora todas as flores de nosso jardim e as do parque no Sr. Swann, e as ninfeias do Vivonne, e a boa gente da aldeia e suas pequenas moradias e a igreja e toda a Combray e seus arredores, tudo isso que toma forma e solidez, saiu, cidades e jardins, de minha taça de chá.
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Marcel Proust (Du côté de chez Swann (À la recherche du temps perdu, #1))
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La idea surge normalmente de forma espontánea. Siempre con un lápiz y un papel cerca. Camino por el bosque, cruza un claro o lee una buena novela antes de dormirse, o pasa un rato en la playa pensando en los niños, en la familia, en los amigos, en todo lo que ha dejado en casa.
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Sílvia Soler (Los viejos amigos)
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Estoy en este estacionamiento,dándome cuenta de que nunca he estado tan lejos de casa, y aquí está esta chica que amo y que no puedo seguir. Espero que esto sea el mandado del héroe, porque no seguirla es la cosa más difícil que he hecho en mi vida. Sigo pensando que entrará en el auto, pero no lo hace, y finalmente se voltea hacia mí y veo sus ojos empapados. El espacio físico entre nosotros se evapora.
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John Green (Cidades de Papel)
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Aquellos autorreconocidos revolucionarios se limpiaban el culo con el papel noruego más caro del mercado, se hacían traer el vino de una bodega específica y muy exclusiva de La Rioja, el aceite de oliva de Jaén y solo comían en casa el jamón de bellota Isidro González Revilla, uno de los más caros de la península, sin mencionar detalles tan simples como que La Rioja, Jaén y Salamanca, por no incluir Oslo, no eran territorios catalanes.
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Leonardo Padura (Como polvo en el viento (Andanzas) (Spanish Edition))
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No morirá la flor de la palabra. Podrá morir el rostro oculto de quien la nombra hoy, pero la palabra que vino desde el fondo de la historia y de la tierra ya no podrá ser arrancada por la soberbia del poder. Nosotros nacimos de la noche. En ella vivimos. Moriremos en ella. Pero la luz será mañana para los más, para todos aquellos que hoy lloran la noche, para quienes se niega el día, para quienes es regalo la muerte, para quienes está prohibida la vida. Para todos la luz. Para todos todo. Para nosotros el dolor y la angustia, para nosotros la alegre rebeldía, para nosotros el futuro negado, para nosotros la dignidad insurrecta. Para nosotros nada. Nuestra lucha es por hacernos escuchar, y el mal gobierno grita soberbia y tapa con cañones sus oídos. Nuestra lucha es por el hambre, y el mal gobierno regala plomo y papel a los estómagos de nuestros hijos. Nuestra lucha es por un techo digno, y el mal gobierno destruye nuestra casa y nuestra historia. Nuestra lucha es por el saber, y el mal gobierno reparte ignorancia y desprecio. Nuestra lucha es por la tierra, y el mal gobierno ofrece cementerios. Nuestra lucha es por un trabajo justo y digno, y el mal gobierno compra y vende cuerpos y vergenzas. Nuestra lucha es por la vida, y el mal gobierno oferta muerte como futuro. Nuestra lucha es por el respeto a nuestro derecho a gobernar y gobernarnos, y el mal gobierno impone a los más la ley de los menos. Nuestra lucha es por la libertad para el pensamiento y el caminar, y el mal gobierno pone cárceles y tumbas. Nuestra lucha es por la justicia, y el mal gobierno se llena de criminales y asesinos. Nuestra lucha es por la historia, y el mal gobierno propone olvido. Nuestra lucha es por la Patria, y el mal gobierno sueña con la bandera y la lengua extranjeras. Nuestra lucha es por la paz, y el mal gobierno anuncia guerra y destrucción... (Cuarta Declaración de la Selva Lacandona)
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Subcomandante Marcos
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Un día, Thomas Alva Edison llegó de la escuela a la casa y le entregó a su mamá una nota. Él le dijo: “Mi maestro me dio esta nota y me dijo que sólo se la diera a mi madre.” Los ojos de su madre estaban llenos de lágrimas cuando ella leyó en voz alta la carta que le trajo su hijo. “Su hijo es un genio, esta escuela es muy pequeña para él y no tenemos buenos maestros para enseñarle, por favor enséñele usted”. Muchos años después la madre de Edison falleció, y él fue uno de los más grandes inventores del siglo. Un día él estaba mirando algunas cosas viejas de la familia. Repentinamente él vio un papel doblado en el marco de un dibujo en el escritorio. Él lo tomó y lo abrió. En el papel estaba escrito: “Su hijo está mentalmente enfermo y no podemos permitirle que venga más a la escuela.” Edison lloró por horas, entonces él escribió en su diario: “Thomas Alva Edison fue un niño mentalmente enfermo, pero por una madre heroica se convirtió en el genio del siglo. “[52] Si cambias a una persona, y esta después cambia el mundo, tú cambiaste el mundo.
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Felipe Chavarro Polania (Diseñado con un Propósito: Descubra el poder que existe en un verdadero propósito)
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Entre los dos, mis padres tenían unos siete mil libros. Cada vez que nos mudábamos de casa, un carpintero construía medio kilómetro de estanterías; cada vez que nos íbamos, los nuevos dueños las arrancaban. Para mí las paredes de los demás estaban desnudas. Las nuestras no eran telones de fondo blancos y sosos para colgar cuadros, eran obras de arte por sí mismas, mosaicos desde el suelo hasta el techo cuyos azulejos de colores vívidos eran rectángulos delgados, agradables al tacto e incluso, si a uno le gustaba la fragancia polvorienta del papel viejo, al olor.
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Anne Fadiman (Ex Libris: Confessions of a Common Reader)
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Me acerqué a pedirle al encargado que me diera la nueva llave, me arrastré hasta mi apartamento y estudié mi nueva cerradura. Grande, metálica y brillante. No tenía ni un rasguño. Incluso la llave tenía grabada una muesca extraña, que le proporcionaba un sistema a prueba de ladrones. Chúpate esa, Su Majestad. Abrí la puerta, entré y la cerré de nuevo. Me descalcé, estremeciéndome por el dolor en el estómago. Iba a tardar mucho tiempo en curarse por completo, pero al menos ya había dejado de sangrar. Me había relajado. Mañana ya me preocuparía de Hugh d'Ambray, Andrea y Roland, pero de momento me sentía muy contenta. Ah, mi casa. Mi hogar, mis esencias, mi querida alfombra bajo mis pies, mi cocina, mi Curran sentado en la silla de la cocina... ¡Espera un momento! -¡Tú! -Miré la cerradura, lo miré a él. Era demasiado bueno para la puerta a prueba de ladrones. Con mucha parsimonia, acabó de escribir algo en un trozo de papel, se levantó y se dirigió hacia mí. Mi corazón se desbocó. Unas pequeñas chispas doradas danzaban en sus ojos grises. Me tendió el trozo de papel y sonrió. -No puedo quedarme. Me quedé mirándolo como una idiota. Inhaló mi aroma, abrió la puerta y se marchó. Entonces miré el papel. Voy a estar ocupado las próximas ocho semanas, así que lo dejamos para el quince de noviembre. MENÚ Quiero un filete de cordero o de venado. Patatas asadas con mantequilla dulce. Mazorcas de maíz. Panecillos. Y una tarta de manzana, como la que preparaste la otra vez. Me gustó muchísimo. La quiero con helado. Me debes una cena desnuda, pero no soy un completo animal, por lo que puedes llevar sujetador y braguitas si lo deseas. Las azules con lazo me encantan. Curran Señor de las Bestias de Atlanta
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Ilona Andrews (Magic Strikes (Kate Daniels, #3))
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Mientras no sufran homofobia, la sodomita insolidaria no considerará que su deber ético y político es cambiar las circunstancias sociales de opresión que sufren maricas, bollos, trans, inmigrantes, trabajadoras del sexo, etc. ¿De qué sirve la lucha contra la homofobia si no se acompaña de una lucha contra los medios de exclusión social? Para empezar, para lavarle la cara al poder. Para entrar en complicidad con estrategias neoliberales que respetan a las maricas pero no se preocupan por su bienestar social, que les cambian el DNI a las trans pero no les facilitan una cobertura integral de la seguridad social y encima las psiquiatrizan y las vuelven a meter en el armario de la enfermedad mental. Una Ética Marica se tiene que hacer cargo de este absurdo ideológico, de esta hipocresía: haz con tu culo lo que te dé la gana, pero sin casa, sin trabajo, sin papeles, excluido socialmente.
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Paco Vidarte (Ética marica: Proclamas libertarias para una militancia LGTBQ)
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A VECES LA MAÑANA AYUDA Hace tiempo que ando escribiendo una crónica que llevaría el título "No siempre la mañana ayuda". Y hasta tenía el comienzo apuntado en un papel por ahí, a toda prisa, sobre la mesa del despacho. Empieza así: "Al salir de la casa y tropezar con el rostro del sol(antiguamente lo representábamos así, con una amplia sonrisa y los ojos alegres, con una cabellera de rayos resplandecientes), deberíamos caer de rodillas, ofrecer cualquier cosa al culto pagano de la luz y sentir después el mundo conquistado. Pero todos tenemos otra cosa que hacer". Y saldría uno por ahí fuera a ahuyentar la melancolía, a justificar el título, en definitiva. Algo me ha impedido continuar. Y sé que hoy no voy a concluir una prosa que me enfrentaría al lector. Y es que, sin esperarlo, se despertó en mi memoria un caso acontecido entre dos hombres, un caso que viene a demostrar que, a veces, la mañana ayuda, sí señor. Vamos, pues, con la historia. Imagine el lector un vagón de tren. Lleno. El día no es ni feo ni bonito: tiene algo de sol, unas nubes que lo cubren, y hay una brisa cortante allá afuera. Los viajeros van callados, hacen todos unos gestos involuntarios al albur del traqueteo. Unos leen periódicos, otros se ausentan hacia un país silencioso y sólo habitado por pensamientos ocultos e indefinidos. Hay una gran indiferencia en la atmósfera, y el sol, al descubrirse, ilumina un escenario de rostros apagados. Entonces, el hombre más(pero muy lejos deser un adolescente), que está sentado junto a la ventanilla, empieza a tararear en sordina una vaga canción. Quizá no tenga motivos especiales de contento, pero, en aquella hora, la necesidad de cantar es irresistible. Todo cuanto acude a su memoria sirve. Y va tan absorto en su pura y gratuita alegría que ni siquiera repara en que el vecino de asiento se muestra ofendido y esboza esos movimientos elocuentes que sustituyen a las palabras cuando no hay valor para pronunciarlas. Frente al hombre que canta, hay un viejo. Éste desde que salió anda rumiando problemas que lo atormentan. Es muy viejo, y está enfermo. Ha dormido mal. Sabe que va a tener un día difícil. Y detrás de él una voz deshilacha canciones, badabádabá, notas de música, de un modo impreciso pero obstinadamente vivo y afirmativo. El sol sique jugando al escondite. Y el mar, que súbitamente aparece se puebla de islas de sombra entre grandes lagos de plata fundida. A lo lejos, la ciudad se diluye en humo y niebla seca. Silenciosa, a aquella distancia, tiene un aire de fatalidad y resignación, como un cuerpo que ha renunciado a vivir y se extingue lentamente. Es grande el peligro de que la melancolía triunfe definitivamente. Pero el hombre insiste. Ya no es posible identificar al que canta. Ahora sale de su boca un flujo de armonía, un lenguaje que ha desistido de la articulación coherente para penetrarse mejor de la sustancia de la música. Esto acabrá sin duda con un grito irreprimible de alegría, con indignación y escandalo de los viajeros. Ocurrió, sin embargo, que la ciudad llegó de repente. Se abrieron las puertas, la gente se precipitó, empujándose, olvidándose unos de otros. El hombre se levanta, murmurando aún algo. Sigue a lo largo del andén, va a lo suyo, con su música. Y, de pronto, alguien lo coge del brazo. El viejo está a su lado, se juraría que tiene los ojos húmedos, y dice: "Gracias. Yo venía preocupado y triste. Cuando lo oí cantar sentí una gran paz, y durante todo el camino vine pidiéndole a Dios que siguiera usted cantando. Muchas gracias". El hombre de las canciones sonrió, primero con embarazo, luego como si fuera el amo del mundo. Se separaron. Y fue cada uno a su trabajo, con la música que era de los dos.
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José Saramago (Las maletas del viajero)
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que no conmovieran, especialmente entre las enviadas a casa de los padres. En esta carta se decía poco de las molestias sufridas, de los peligros afrontados o de la nostalgia a la cual había que sobreponerse; era una carta alegre, llena de descripciones de la vida del soldado, de las marchas y de noticias militares; y sólo hacia el final el autor de la carta dejó brotar el amor paternal de su corazón y su deseo de ver a las niñas que había dejado en casa. "Mi cariño y un beso a cada una. Diles que pienso en ellas durante el día, y por la noche oro por ellas, y siempre encuentro en su cariño el mejor consuelo. Un año de espera para verlas parece interminable, pero recuérdales que, mientras esperamos, podemos todos trabajar, de manera que estos días tan duros no se desperdicien. Sé que ellas recordarán todo lo que les dije, que serán niñas cariñosas para ti, que cuando vuelva podré enorgullecerme de mis mujercitas más que nunca.” Todas se conmovían algo al llegar a esta parte, Jo no se avergonzó de la gruesa lágrima que caía sobre el papel blanco, y Amy no se preocupó de que iba a desarreglar sus bucles al esconder la cara en el seno de su madre y dijo sollozando: -¡Soy egoísta! Pero trataré de ser mejor para que no se lleve un chasco conmigo. - ¡Trataremos todas! -exclamó Meg -. Pienso demasiado en mi apariencia y detesto trabajar, pero no lo haré más si puedo remediarlo. -Trataré de ser lo que le gusta a él llamarme "una mujercita", y no ser brusca y atolondrada; cumpliré aquí con mi deber en vez de desear estar en otra parte -dijo Jo, pensando que dominarse a sí misma era obra más difícil que hacer frente a unos rebeldes. Beth no dijo nada, pero secó sus lágrimas con el calcetín del ejército y se puso a trabajar con todas sus fuerzas, no perdiendo tiempo en hacer lo que tenía más cerca de ella, mientras decidía en su corazón ser como su padre lo deseaba cuando al cabo de un
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Louisa May Alcott (Mujercitas / Buenas esposas / Hombrecitos / Los muchachos de Joe)
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Una especie de pérdida Usados en común: estaciones del año, libros y una música. Las llaves, los boles de té, la panera, sabanas y una cama. Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, empleados, gastados. Un reglamento de casa observado. Dicho. Hecho. Y siempre alargada la mano. De inviernos, de un septeto vienés y de vernos me he enamorado. De mapas, de un poblacho de montañas, de una paya y de una cama. Con fechas he hecho un culto, promesas he declarado irrevocables, he adorado un algo y he sido devota delante de una nada, (-de un periódico he doblado, de las cenizas frías, del papel con un apunte) impávida ante la religión, porque la iglesia era esta cama. De la vista de un lago surgió mi pintura inagotable. Desde el balcón había que saludar a los pueblos, mis vecinos. Junto al fuego de la chimenea, en la seguridad, mi cabello tenía su color más intenso. La llamada a la puerta era alarma para mi alegría. No te he perdido a ti, sino al mundo.
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Ingeborg Bachmann (Últimos poemas)
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—¿Qué te trajo acá? —No sé la verdad. Quería un poco de silencio. Este parecía tan buen lugar como cualquiera. —¿Para qué? —¿Cómo? —¿Tan buen lugar como cualquiera para qué? —Para estar, supongo. A veces llego a casa, empapado de este caos que hay allá afuera. Y estando ahí, siento que todo me grita. Todo me lo recuerda. Todo me recuerda alguna responsabilidad o algo así. Mi escritorio lleno de papeles me recuerda que estoy atrasado. Mi agenda no ayuda. Llego a la cocina y me acuerdo de que aún no he llamado al plomero, porque las horas no me dan. Y después ahí está: Mi cama. Esa escapatoria tan tentadora. Siempre observándome o llamándome para que me tome un pequeño descanso. Y si cedo para tirarme, ahí viene esa culpa de que por más que sabes que te mereces un momento para desconectarte, hay una voz ahí en la parte de atrás de tu cabeza gritando que podrías estar haciendo algo mejor, pero tu cuerpo entero se rehúsa. Así que asumo que es para ese silencio.
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Jean Paul Vizuete (Arena)
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Se levanta y hace la cama, luego recoge del suelo unos libros de bolsillo (novelas policíacas) y los pone en la librería. Tiene ropa que lavar antes de irse, ropa que guardar, medias que emparejar y meter en los cajones. Envuelve la basura en papel de periódico y baja tres pisos para dejarla en el cubo de la basura. Saca los calcetines de Cal de detrás de la cama y los sacude, dejándolos sobre la mesa de la cocina. Hay trapos que lavar, hollín en el alféizar de las ventanas, cacerolas en remojo por fregar, hay que poner un plato bajo el radiador por si funciona durante la semana (se sale). Oh. Aj. Que se queden las ventanas como están, aunque a Cal no le gusta verlas sucias. Esa espantosa tarea de restregar el retrete, pasarle el plumero a los muebles. Ropa para planchar. Siempre se caen cosas cuando recoges otras. Se agacha una y otra vez. La harina y el azúcar se derraman sobre los estantes que hay encima de la pila y tiene que pasar un paño; hay manchas y salpicaduras, hojas de rábano podridas, incrustaciones de hielo dentro de la vieja nevera (hay que mantener la puerta abierta con una silla, para que se descongele). Pedazos de papel, caramelos, cigarrillos y ceniza por toda la habitación. Tiene que quitarle el polvo a todo. Decide limpiar las ventanas a pesar de todo, porque quedan más bonitas. Estarán asquerosas después de una semana. Por supuesto, nadie la ayuda. Nada tiene la altura adecuada. Añade los calcetines de Cal a la ropa de ambos que tiene que llevar a la lavandería de autoservicio, hace un montón separado con la ropa de él que tiene que coser, y pone la mesa para sí misma. Raspa los restos de comida del plato del gato, y le pone agua limpia y leche. «Mr. Frosty» no parece andar por allí. Debajo de la pila encuentra un paño de cocina, lo recoge y lo cuelga sobre la pila, se recuerda a sí misma que tiene que limpiar allí abajo más tarde, y se sirve cereales, té, tostadas y zumo de naranja. (El zumo de naranja es un paquete del gobierno de naranja y pomelo en polvo y sabe a demonios.) Se levanta de un salto para buscar la fregona debajo de la pila, y el cubo, que también debe estar por allí. Es hora de fregar el suelo del cuarto de baño y el cuadrado de linóleo que hay delante de la pila y la cocina. Primero termina el té, deja la mitad del zumo de naranja y pomelo (haciendo una mueca) y algo del cereal. La leche vuelve a la nevera —no, espera un momento, tírala—, se sienta un minuto a escribir una lista de comestibles para comprarlos en el camino del autobús a casa, cuando vuelva dentro de una semana. Llena el cubo, encuentra el jabón, lo deja, friega sólo con agua. Lo guarda todo. Lava los platos del desayuno. Coge una novela policíaca y la hojea, sentada en el sofá. Se levanta, limpia la mesa, recoge la sal que ha caído en la alfombra y la barre. ¿Eso es todo? No, hay que arreglar la ropa de Cal y la suya. Oh, déjalo. Tiene que hacer la maleta y preparar la comida de Cal y la suya (aunque él no se marcha con ella). Eso significa volver a sacar las cosas de la nevera y volver a limpiar la mesa, dejar pisadas en el linóleo otra vez. Bueno, no importa. Lava el plato y el cuchillo. Ya está. Decide ir por la caja de costura para arreglar la ropa de él, cambia de opinión. Coge la novela policíaca. Cal dirá: «No has cosido mi ropa.» Va a coger la caja de costura del fondo del armario, pisando maletas, cajas, la tabla de plancha, su abrigo y ropa de invierno. Pequeñas manos salen de la espalda de Jeannine y recogen lo que ella tira. Se sienta en el sofá y arregla el desgarrón de la chaqueta de verano de él, cortando el hilo con los dientes. Vas a estropearte el esmalte. Botones. Zurce tres calcetines. (Los otros están bien.) Se frota los riñones. Cose el forro de una falda que está descosido. Limpia zapatos. Hace una pausa y mira sin ver. Luego reacciona y con aire de extraordinaria energía saca la maleta mediana del armario y empieza a meter su ropa para
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Joanna Russ (The Female Man)
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Nadie mejor para espiar las acciones de los demás que aquellos a quienes nada les importan esas acciones. ¿Por qué este señor nunca viene antes de que oscurezca?; ¿por qué este otro no cuelga la llave en su respectivo clavo de la portería, los jueves?; ¿por qué camina siempre por callejuelas?; ¿por qué la señora desciende siempre del coche de alquiler antes de llegar a su casa?; ¿por qué mandará a comprar un cuadernillo de papel de cartas, cuando tiene repleto de papel su escritorio?, etcétera, etcétera. Hay personas que, con tal de saber el secreto de tales enigmas, que les son por completo indiferentes, gastan más dinero, consumen más tiempo y se toman más trabajo de lo que se necesitaría para ejecutar diez buenas acciones; y lo hacen gratuitamente, por placer, sin que su curiosidad reciba otro premio que la propia curiosidad. Seguirán a éste o aquél durante días enteros, se quedarán como centinelas largas horas en las esquinas, bajo los portales, de noche, con frío y con lluvia, corromperán a los criados, emborracharán a los cocheros y a los lacayos, comprarán a la doncella, sobornarán a un portero... ¿Y todo eso para qué? Para nada. Por el solo afán de ver, de saber y de penetrar en vidas ajenas. Pura comezón de murmurar. Y, con frecuencia, una vez conocidos estos secretos, publicados estos misterios, descifrados estos enigmas, acarrean catástrofes, duelos, quiebras, ruinas de familias, existencias amargadas, con gran placer de aquellos que lo han "descubierto todo", sin interés, por puro instinto. Es algo realmente triste. Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Su conversación, charla en el salón, diálogo en la antecámara, es como esas chimeneas que consumen rápidamente la leña, necesitan mucho combustible, y el combustible es el prójimo.
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Victor Hugo (Les Misérables)
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El poder de las viejas es inmenso. No es verdad que las manden a esta Casa para que pasen sus últimos días en paz, como dicen ellos. Esto es una prisión, llena de celdas, con barrotes en las ventanas, con un carcelero implacable a cargo de las llaves. Los patrones las mandan a encerrar aquí cuando se dan cuenta de que les deben demasiado a estas viejas y sienten pavor porque estas miserables, un buen día, pueden revelar su poder y destruirlos. Los servidores acumulan los privilegios de la miseria. Las conmiseraciones, las burlas, las limosnas, las ayuditas, las humillaciones que soportan los hacen poderosos. Ellas conservan los instrumentos de la venganza porque van acumulando en sus manos ásperas y verrugosas esa otra mitad de sus patrones, la mitad inútil, descartada, lo sucio y lo feo que ellos, confiados y sentimentales, les han ido entregando con el insulto de cada enagua gastada que les regalan, cada camisa chamuscada por la plancha que les permiten que se lleven. ¿Cómo no van a tener a sus patrones en su poder si les lavaron la ropa, y pasaron por sus manos todos los desórdenes y suciedades que ellos quisieron eliminar de sus vidas? Ellas barrieron de sus comedores las migas caídas y lavaron los platos y las fuentes y los cubiertos, comiéndose lo que sobró. Limpiaron el polvo de sus salones las hilachas de sus costuras, los papeles arrugados de sus escritorios y sus oficinas. Restablecieron el orden en las camas donde hicieron el amor legítimo o ilegítimo, satisfactorio o frustrador, sin sentir asco ante esos olores y manchas ajenos. Cosieron los jirones de sus ropas, les sonaron las narices cuando niños, los acostaron cuando llegaron borrachos y limpiaron vómitos y meados, zurcieron sus calcetines y lustraron sus zapatos, les cortaron las uñas y los callos, les escobillaron la espalda en el baño, los peinaron, les pusieron lavativas y les dieron purgantes y tisanas para la fatiga, el cólico o la pena. Desempeñando estos menesteres, las viejas fueron robándose algo integral de las personas de sus patrones al colocarse en su lugar para hacer algo que ellos se negaban a hacer...y la avidez de ellas crece al ir apoderándose de más cosas, y codician más humillaciones y más calcetines viejos regalados como dádivas, quieren apoderarse de todo.
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José Donoso (The Obscene Bird of Night)
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El fiscal federal Jeffrey Sloman afirmó que “el flagrante desprecio de Wachovia hacia nuestras leyes bancarias le dio a los cárteles internacionales de la cocaína una virtual carta blanca para financiar sus operaciones”. Lo peor es que la multa total “significó menos de 2% de los 12.3 mil millones de dólares en ganancias que el banco obtuvo en 2009”. La conclusión del reportaje sobre este caso es que se trata solamente de la punta de un iceberg que exhibe el papel del sistema bancario “legal” de Estados Unidos en el lavado de cientos de miles de millones de dólares, “dinero sucio del tráfico asesino de drogas de México y otras partes del mundo”, a través de operaciones globales. Martin Woods, británico, ex funcionario investigador de Wachovia, pese a haber recibido advertencias y amenazas, ubicó transferencias por 373.6 mil millones de dólares vía casas de cambio y otros 4.7 mil millones en efectivo depositados en sumas cuantiosas en cada ocasión y aceptadas por Wachovia Bank entre el 1° de mayo de 2004 y el 31 de mayo de 2007. El total, en efecto, es difícil de imaginar: 378.3 mil millones de dólares.
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José Reveles (El Chapo: entrega y traición)
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Most interesting of all, unlike the vast majority of firms that fail when the industry shifts, Netflix had responded successfully to four massive transitions in the entertainment and business environment in just fifteen years: From DVD by mail to streaming old TV series and movies over the internet. From streaming old content to launching new original content (such as House of Cards) produced by external studios. From licensing content provided by external studios to building their own in-house studio that creates award-winning TV shows and movies (such as Stranger Things, La Casa De Papel, and The Ballad of Buster Scruggs). From a USA-only company to a global company entertaining people in 190 countries. Netflix’s success is beyond unusual. It’s incredible. Clearly, something singular is happening, which wasn’t happening at Blockbuster when they declared bankruptcy in 2010.
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Reed Hastings (No Rules Rules: Netflix and the Culture of Reinvention)
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No debe permitirse a ninguna mujer quedarse en casa para criar a sus hijos dice la señora Beauvoir, con indiferencia total por el deseo o la elección personal de la mujer concreta y con absoluto desprecio por el papel biológico de ésta que, por motivos diversos, puede suponerle una realización personal. Comienza la denigración del sexo femenino por ser como es. Y este menosprecio engloba e implica también a todo ese bagaje asociado proveniente de los diversos campos donde la mujer se desarrolla y desarrolla sus gustos, deseos y capacidades.
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Alicia V. Rubio (Cuando nos prohibieron ser mujeres ...y os persiguieron por ser hombres: Para entender cómo nos afecta la ideología de género (Spanish Edition))
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Llegó Simoncito, tan guapo –escribe Esteban Palacios–. Aunque no tiene instrucción ninguna, tiene disposición para adquirirla; gastó en su viaje no poco; llegó derrotado y ha sido preciso equiparlo nuevamente; le tengo un amor indecible". A lo que responde el tío Carlos: "El Simón ha gastado infinito en su viaje superfluamente, y así es necesario contenerlo, porque no tiene tanto caudal como se imagina él y aun tú mismo que no tienes conocimiento de ello". Y añade, con bajeza: "Creo no habrás olvidado el asunto de la casa en que vivo, para que le tomes a Simón un papel firmado por si se variasen las cosas y también para en el caso que fallezca, para que me redima la dación de cuentas...".
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Alfonso Rumazo González (Simón Bolívar (Spanish Edition))
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incluso fundiéndose con la nueva casta emergente y que jugará un papel esencial en los primeros momentos de la revolución. Muchos nobles se acercaron a la Enciclopedia y, a pesar de las dificultades políticas y eclesiásticas, la leyeron y conservaron en sus casas, donde cohabitaron con novelas frívolas, tan en boga en aquellos tiempos, que también
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Íñigo Bolinaga (Breve historia de la Revolución Francesa (Spanish Edition))
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AMLO no tiene una formación académica sofisticada. Sabe algunas cosas de historia, confusas, citadas en sus libros de forma profusa, pero a su manera, anecdótica, de héroes y villanos de papel. Como le dijo John Womack, el historiador autor del clásico Zapata y la Revolución mexicana, a Dolia Estévez tras la visita de AMLO a la Casa Blanca en julio de 2020: “El pobre AMLO parece que no aprendió más historia que la historia patria que los maestros le enseñaban en la primaria”.34
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Carlos Elizondo Mayer-Serra (Y mi palabra es la ley (Spanish Edition))
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Deambulaba, según dicen, por la casa como un espectro y de vez en cuando se encerraba a solas en el sótano donde había sido seducida y enamorada para siempre por Enrique Ossorio; se encerraba a leer lo que él había escrito durante los años del exilio. En realidad fue ella la que se encargó de conservar esos documentos. Porque a ella le interesaban más las palabras del muerto que todo el oro de California. Leía esos papeles como si fueran los rastros que permitieran entender la desdicha de su vida y ahí, cobijado en esas letras, veía dibujarse el cuerpo apenas recordado pero siempre deseado del suicida.
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Ricardo Piglia (Respiración artificial)
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La comida no era tan buena como la que le servían en su casa, pero la atmósfera era muy tranquila. Los sillones del saloncito para fumadores eran antiguos y cómodos, los camareros eran mayores y lentos, el papel de la pared estaba descolorido y la pintura había perdido color. Todavía tenían luz de gas. Los hombres como Walden acudían allí porque sus casas les resultaban excesivamente limpias y femeninas. —Dijo usted que casi lo habían
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Ken Follett (El hombre de San Petersburgo)
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Y ahora, en la sombra rodeada de murallas donde no puede una rosa de seda caer sin ruido en un montón de pétalos porque las ratas corren como envenenadas entre los papeles que el viento levanta en el patio y sólo hay silencio, tu casa, las madrugadas frente a los cristales, el olor suave de tu abrazo, la bandera a media asta en una mañana de julio, el Zócalo cubierto de antorchas y banderas, el auditorio de Física donde se reunía el Consejo, el de medicina después, los delegados siempre en los mismos asientos, la mañana de las pláticas, el cuarto de baño, el agua tibia, los ruidos de la calle a las ocho cuando empieza el otoño, los árboles rojizos, el agua de las fuentes, el tapiz, las campanadas, el arco en la bahía, el color de tu pelo, la talla de marfil que conserva la curvatura del colmillo, el rumor de miles y miles de pasos de gente que avanza en silencio, las calles de donde se ha ido la luz, la policía, el ejército, el temor, los reglamentos, y sólo queda el destello breve de la libertad que no conocíamos hasta que vivimos esos días, los regresos irreales por avenidas sin luz, por calles donde no existe el poder, ni la violencia, ni los pistoleros para mantener las cabezas inclinadas, tu imagen lejana, las sombras que cambian sobre un mantel blanco, los progresos constantes en tus conocimientos, la fotografía de la muchacha con su bandera en alto, la gran bandera roja que se turnaban María Elena y Selma, la sensación de estarlo cambiando todo, de colaborar con alemanes, franceses, italianos, checos, argentinos, brasileños, uruguayos, yugoslavos, chilenos, holandeses, japoneses, norteamericanos, polacos, para cambiarlo todo, el octavo piso de la Torre, la alfombra, el olor a madera, el sillón donde dormía, el ruido del mimeógrafo, los números rojos en el elevador, las pláticas con los maestros, la asamblea de las cinco, la autocrítica cuando voté sin conocerlo el manifiesto que Ayax presentó a las cuatro de la mañana, los proyectos sobre una Universidad diferente, las discusiones sobre la posibilidad de realizarla en el seno del Estado actual, las campanadas que siempre me regresaban a ti, al interior del auto esa noche, el color que nunca antes vi igual, el olor a sal, tus manos en mis hombros, la calle recorrida a todas horas, son ya esa cicatriz.
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Luis González de Alba (Los días y los años)
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LAS IMPRESORAS 3D QUE FABRICAN ZAPATOS A las impresoras, que hasta hace poco imprimían sólo en papel, se suman ahora las impresoras 3D, que pueden reproducir zapatos, ropa, partes de automóviles, vajilla de cocina, joyas, juguetes, órganos del cuerpo y alimentos. Y esto, según me explicaron los líderes de la industria, traerá consigo una nueva Revolución Industrial que transformará la industria de la manufactura como la conocemos, permitiendo que cada uno de nosotros pueda producir lo que quiera —a nuestra medida— en nuestras propias casas. Una buena parte de la producción masiva será sustituida por la producción individualizada.
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Andrés Oppenheimer (Crear o morir: (Create or Die) (Spanish Edition))
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Porque tener experiencia es aceptar que todo lo que vamos a vivir va a morir con nosotros y por eso debemos estar absolutamente disponibles para acumularla en el presente. Siempre antes de la libertad viene la angustia. A veces la desesperación nos impide transitarla con elegancia.
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Fabián Casas (Papel para envolver verdura (Cruz del sur - Emecé) (Spanish Edition))
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Desde que había asumido el papel de ama de casa, Kim Ji-young pensaba que la actitud de la gente hacia el cuidado del hogar era un tanto ambivalente. Unas veces lo infravaloraban y acusaban a las amas de casa de quedarse en casa sin hacer nada productivo, y otras, en cambio, lo alababan y lo describían como un trabajo que salva vidas, si bien seguían siendo reacios a cuantificarlo en dinero para que nadie tuviera que pagar su precio'.
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Cho Nam-Joo
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Cuando leemos la vida de los santos, vemos una y otra vez la magnanimidad de Dios al permitir que hombres y mujeres vivan largos períodos de desorden antes de despertar a la gracia, como si los siete días de la creación, con sus distinciones graduales, se realizaran de nuevo en las vidas individuales; como si todos tuviéramos que llevar a cabo un éxodo personal para volver a casa desde Egipto, un viaje no tan largo, en realidad, pero prolongado por la repetición de rebeliones, demoras y malentendidos. También éstos desempeñan su papel en la providencia de Dios. Deben enseñarnos algo: «Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, para probarte y para conocer lo que había en tu corazón: si ibas a guardar sus mandamientos o no» (Dt 8,2). Esto sigue siendo lo esencial a la hora de afrontar mi desorden. ¿Estoy dispuesto a reconocer y nombrar lo que hay en mi corazón? Desde ese punto de partida, ¿dejaré que la llamada de Dios me ordene y me reforme? Yehudi Menuhin a los 12 años, en 1928.
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Erik Varden (Castidad. La reconciliación de los sentidos)
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El rol primero de una mujer es ser esposa, madre y ama de casa. El papel primero del hombre es ser guía, protector y proveedor. Esto no significa que la mujer no pueda tener un trabajo o que el hombre no deba cocinar o cambiar un pañal.
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Henry Makow (Estafa Cruel - Feminismo y el Nuevo Orden Mundial (Spanish Edition))
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La casa está en silencio mientras recorro las habitaciones, sintiendo con mis pies descalzos la rugosidad del parqué. Me detengo y miro por la ventana los árboles del jardín del emperador, y a los guardias que permanecen junto a la puerta cerrada. Hace unos meses que empezó a pintarnos a él y a mí en esos cuadros provocativos. Hace dos semanas que fue con ellos a la exposición de Múnich, intentando venderlos. Aparte de una breve carta que me escribió diciendo que había llegado al hotel y se había instalado, no he vuelto a saber nada de él. Solo dejó unos pocos cuadros y dibujos esparcidos por el suelo, los que decidió que eran demasiado lisos y aburridos. Me dirijo al mueble de madera que hay junto a la puerta de entrada, saco su carta del cajón y vuelvo a leerla. Las palabras están escritas en tinta negra sobre papel color crema. Escribe como dibuja, con líneas nítidas unidas a palabras cortas y claras. ¿Sale por las tardes a cafetería con amigos, como suele hacer aquí? ¿Piensa en mí? ¿Quién es el señor Arthur Roessler que le invitó a exponer los cuadros en su galería? Doblo y meto con cuidado el papel en el sobre, lo devuelvo al cajón, me pongo los zapatos y salgo de casa. Su tren desde Múnich llegará pronto. Veo el gran edificio de la estación a lo lejos y apresuro mis pasos. Unas estatuas femeninas de mármol se alzan sobre el tejado, dominando la amplia calle
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Alex Amit (La llama de una mujer: Una novela histórica sobre una mujer que construyó su propio camino (Las heroínas de la Segunda Guerra Mundial) (Spanish Edition))
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Escribo diarios enteros con fiebre, encerrada dentro del clóset, a punta de paracetamol y té de manzanilla. Me gustaba imaginar que el único problema de mi adolescencia sería la falta de tinta para mis diarios y mis dibujos, pero sabía que esto solo era el inicio. Fuera del clóset estaban Jenny y Kate, siempre esperándome para un sueño tibio, lúcido, nuevo. Dentro del clóset, mis papeles y mis lapiceros, en una caja de zapatos que he sellado con plástico burbuja y el aviso de no tocar, como si eso bastara para ocultarla de alguien, como si esa caja fuera una extensión del deseo de proteger mi cuerpo, y dentro de esas viejas puertas de madera de esta casa estilo art déco, puertas que tienen más de tres décadas pegadas a esta pared, quedara también una sensación que aprendo a sentir familiar, como un traje de superhéroe que oculto en esta guarida secreta.
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Karen Luy de Aliaga (Compórtense como señoritas)
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Sosiego Canales, más que sesentón, hijo de un señor de la Solana, que se instaló en Tomelloso el siglo pasado, vivía sólo, con un ama sordísima. Los tres años de guerra se los pasó encerrado en un camarón, criando gusanos de seda y masturbándose cuatro o cinco veces al día, sentado sobre un caballito de fotógrafo. Por tan largo encierro y repetida manipulación en la varija, el día que triunfaron los nacionales amaneció en la calle completamente cabra. Pero fue la suya, desde entonces, una locura polifacética y llena de sorpresas. Entre sus manías famosas, aparte del autotocamiento de los inguinales, que jamás cesó, aunque sí aminoró con los años, como suele ser corriente, se contaban: su furiosa manía —⁠duró largo tiempo⁠— de inspeccionar los faroles de las bicicletas que veía paradas en la calle. La de vocear en las lumbreras llamando a una tal Micaela, que nadie conocía. La de soltar —⁠que ésa le duraba⁠— chorros de palabras sandias, como los rompedores del lenguaje que ahora se estilan, que nadie comprendía. La de ir a las casas de fulanas y ocuparse con alguna, la que fuera, sin otro propósito que colocarle un papel de tornasol en el peludo. La de medir la torre parroquial con una cuerda desde lo alto del campanario. La de contar los López que tenían nicho en el cementerio viejo (al nuevo nunca entraba)… Y la que fue muy criticada, de ir a todos los bautizos y remedar al cura cuando recitaba los textos de cristianar… Y todos los años, después del concilio, cuando iba a pedirle al párroco una misa por el alma de su madre, decía a voces que él la quería «en latín y con el cura de culo».
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Francisco García Pavón (Vendimiario de Plinio)
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Nosotros nos esmeramos con el cuidado de los viejitos, y no sólo porque sea ése nuestro trabajo, sino porque los queremos; sufrimos con sus tristezas y enfermedades, hacemos lo posible por suavizar sus días, pero entendemos que hay un momento en que no podemos sustituir a sus propios parientes. Todas estas personas pasaron sus años teniendo hijos, cuidándolos, entregándoles cuanto tenían, y de buenas a primeras se convierten en un estorbo, los sacan de sus casas  y luego quieren echarnos encima toda la responsabilidad de su bienestar. Aquí contamos con médicos, psicólogos, cuidadoras muy cariñosas y competentes, pero los residentes saben  que no somos sus familiares.
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Leticia Quiñones Pons (Espinas de Papel)
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Un kleenex para Cándido Mientras Rebellin y Cancellara intentaban robarle la gloria a Samuel por el asfalto pekinés, Cándido Sánchez circulaba tranquilo con su coche por las carreteras asturianas. La dirección no era otra que Infiesto, el pueblo asturiano en el que el progenitor tiene una casa para descansar. Con las manos en el volante y los ojos centrados en la calzada, Cándido, nacido en Extremadura pero asturiano de corazón, deslizó sus dedos por el interruptor de la radio. Un narrador emocionado comentaba la prueba de ciclismo en ruta. “Pensaba que era la de chicas. Estaba convencido de que la de los hombres era al día siguiente. No sé qué me pasó por la cabeza para despistarme”, recuerda con gracia sobre su tremendo olvido: seguir la prueba de su hijo. El locutor, cada vez más entusiasmado, avisaba por las ondas que Samuel Sánchez andaba en el grupo de escapados. Cándido no pudo esperar más y dio un volantazo drástico que acabó en un pequeño bar situado en el Cogollo de la Pola. En la Cafetería Vaporetto, con prisas y nervios, papá Sánchez iba a vivir el momento más emocionante de su vida.Y de la de su hijo. Sin tiempo para pedir nada, Cándido se hizo dueño del bar. Con la televisión a tope, perdió los papeles dando golpes a la barra y a todo lo que encontraba a su paso. “Vamos Samu.Venga, dale más fuerte”, gritaba sin parar. Los ojos, según pudieron presenciar los sorprendidos clientes del local, parecían salirse de sus órbitas.Aquel desconocido exaltado se había vuelto definitivamente loco. La meta se acercaba y él se encontraba en un bar desconocido. Maldito despiste. Los clientes, sin saber todavía a ciencia cierta quién era, comenzaron a sospechar.Vale que fuera asturiano, pero nadie en su sano juicio viviría con semejante intensidad la carrera de un paisano. Cuando acabó la prueba, todos se dieron cuenta: aquel hombre era el padre del flamante oro español. “Un kleenex para este hombre”, se pudo escuchar. Las lágrimas se derramaban sin cesar por su rostro. Pura alegría. “Me emocioné como un niño. Creo que incluso más que mi propio hijo. Su imagen entrando en meta no la olvidaré jamás. Cuando le vi arrancar estaba seguro de que lo iba a conseguir”, evoca con las manos manchadas de grasa y sentado cerca de la barra de otro bar, pero este cercano al taller que regenta en Gijón. Después, mientras se dirigía a Infiesto, preparó una gorda en la carretera nacional: “Iba escuchando la ceremonia de entrega de las medallas por la radio y estaba tan centrado, que iba casi parado. Organicé una caravana de veinte coches detrás de mí”. Mientras se secaba las lágrimas, su móvil recibió una llamada muy especial: “¿Qué tal me viste, papá?”. Era su hijo, de cuyo cuello colgaba una presea color oro. Cándido casi no pudo ni contestar. Estaba roto por la emoción. “Al final le llegaba la recompensa. No es porque sea su padre, pero llevaba muchos años mereciendo un triunfo de esas características. La suerte y la justicia se pusieron esta vez de su lado porque en muchas ocasiones le habían esquivado”. Aquella mañana de agosto, Cándido pasó, en apenas unos instantes, de la tranquilidad vacacional al adrenalítico estado de uno de los mejores días de su vida: “Probablemente no habrá otro igual”.
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Nacho Labarga (Samuel, el ciclista de oro. (Spanish Edition))
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La desnudez de ese espacio la tranquiliza, como si sus únicas posesiones fueran unas camisas y dos o tres libros. Le da miedo la abundancia, lo que la espera en su casa, los armarios repletos de ropa, de cartas, de papeles, la vajilla. Le da miedo el apego que siente, a su pesar, por esas cosas, su dependencia. Le dan miedo esos objetos que arrastra consigo como ruidosas cacerolas. Le gustaría ser capaz de tirarlo todo, no poseer nada. Ese excedente dentro y fuera de ella con el que no sabe qué hacer.
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Delphine de Vigan (Jours sans faim)
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Esto es lo que hay, les explicaré luego, ninguna tiene relación con otra, ni antes ni después, ni anverso ni reverso, ni causa ni efecto: vamos, joven lector, aquí están la historia y la vida, léalas como desee. Los hechos se limitan a ser y todo está ahí pero no existe ningún relato que los relacione. Si así lo prefiere, puede usted inventárselo. Y entonces el joven lector preguntará con tristeza: «¿No hay ningún relato? ¿Ninguno?». Y yo entonces le daré la razón: «Claro, le entiendo, es usted joven, para poder vivir con tranquilidad y para creer que mientras vive puede coger el mundo de un extremo y tirar de él hasta donde quiera, o por razones morales, necesita un cuento que lo explique todo o, a su edad, uno se volvería loco, tiene razón», le diré y como quien mete un comodín entre millones de naipes comenzaré a introducir a toda prisa papeles en cuya parte superior diga: Cuento
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Orhan Pamuk (La casa del silencio)
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—Tenemos que casarnos, Ximena: Me duele que mañana se terminen las vacaciones tuyas en mi casa y partas lejos. En el lapso de tu ausencia me encontraré sola; aquí no tengo a quien confiarme. En las cartas no podemos hablar de estos puntos. Yo me vuelvo impersonal frente a una hoja de papel. —A mí me sucede lo contrario —intervine. —No me escribas cartas. En ellas no conocería la trayectoria de todos tus días ni el espacio grande de tu alma. Yo quisiera sumergirme en detalles y más detalles. No me escribas; me enfermaría. Vuelve pronto. ¿Prometido? —Prometido.
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Lupe Rumazo (Sílabas de la tierra)
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La muerte de Molière: no puede dejar de actuar; los grandes papeles en que aparece en escena y las ovaciones que éstos cosechan entre la multitud de espectadores significan demasiado para él. Sus amigos le piden reiteradamente que deje de actuar, pero él rechaza esos consejos bienintencionados e incluso el mismo día de su muerte afirma que no puede privar a sus actores de la remuneración que les corresponde. En realidad, lo que le importa es el aplauso de los espectadores, sin el cual, según parece, no quería vivir. No deja de ser curioso que el día de su entierro se congregara ante su casa una multitud hostil, el negativo de la multitud que acudía al teatro. Aquella multitud hostil estaba integrada por individuos de tendencias clericales; no obstante, como si supieran que de alguna manera misteriosa se hallaban vinculados a esa otra multitud que ovacionaba, se dejan dispersar por el dinero que les arrojan: es la devolución del dinero de la taquilla.
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Elias Canetti (Il libro contro la morte)
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Nuestras imágenes no envejecen, se añejan, vamos quedando como un recuerdo en un portaretratos olvidado en las casas de nuestras familias en Venezuela, haciendo de nuestro regreso una utopía que se aleja tres pasos cada vez que damos dos.
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Tannous Thoumi (La falta de papel en Venezuela (Spanish Edition))
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No hablamos del tiempo ni de sus arbitrariedades mientras avanzamos en la misma dirección. Ha estado buscando trabajo desde hace horas y el desánimo le surge feroz de sus ojos grises. Yo también le cuento una historia de abandonos y de calendarios inútiles. A ella no le importa que el agua se le meta por el cuello. -El mundo se va a acabar- me dice serenamente- pero quedarán algunos, los elegidos, ¿me entiénde? Yo no respondo, la invito a tomar un café, al lugar de Rosas. Ella acepta y sonríe triste. Me gustan sus ojeras y la tomo del brazo como si la conociera desde siempre. Hablamos durante horas y la lluvia no declina. Con el cuerpo tibio salimos a la calle, espero que se despida, retarda el momento, debe tener otras cosas que hacer, seguir buscando trabajo, o tomar el bus de vuelta. Me pregunta: ¿vamos al centro? Por primera vez, la hora no me preocupa. Le digo: sí. Caminamos lentamente por calles que yo conozco demasiado, algunas veces ella se detiene a mirar las vitrinas. Sin embargo ella no mira, sus ojos se pierden en un camino recto, interminable, atraviesan los maniquíes, como si quisieran ir más allá de todo. El viento me refresca cuando veo cómo una anciana busca desesperada un taxi, con un pedazo de papel protegiendo su cabeza. Después de una hora de peregrinación le propongo entrar a un hotel. No entiendo mi propia invitación, por qué no a mi casa, allí estaríamos a solas, sin interrupciones, además hace tiempo que ya no recibo visitas inesperadas. Pero, ¿por qué este querer estar solas?, sé que ella también lo siente, por eso nuevamente acepta, sin mirarme, aunque le adivine su sonrisa de pecados secretos. Es bella cuando se saca el abrigo de paño negro y su cuerpo se refleja mohoso en el espejo. Mi cabeza se asoma detrás de ella. La abrazo. Contemplamos esta escena por un tiempo suprimido. Ella no parece darse cuenta de su protagonismo y mira asombrada cómo yo le retiro el pelo húmedo de los hombros y lo ordeno hacia arriba, dejando libre su cuello, soplando despacio para darle más calor a sus orejas frías. Cierra los ojos y permite que le desabroche la blusa. Poco a poco va girando hasta encontrarnos en pechos que se rozan. Quiero que sus pezones aparezcan erectos y enormes. Los adorno de saliva. Sus pezones brillan rosados, ínfimos, como semillas de granada. Ella gime a medida que mi lengua baja hasta su ombligo. Se recuesta en la cama y abre sus piernas. Mi lengua desciende, ella se arquea, las caderas oscilan, me frena y susurra algo. La beso. Me busca los labios. Ciega cachorra. Oigo que cantan afuera, los hacen callar, siguen haciéndolo hasta que los cantos se pierden, luego, a lo lejos, oigo el ulular de una sirena. Ella se deja ir como en un baile antiguo. Me abraza y echa su cuerpo hacia atrás en un apuro que trato en vano de retener, hasta que grita estremecida por sueños desenfrenados. La elegida grita muriendo sobre mi. La elegida dormita con su cara pegada a mi clavícula. La elegida no se da cuenta de que por la claraboya del techo se descuelga la lluvia y que ya da igual este silencio de noche clausurada. La abrazo tratando de buscar calor en toda su humedad y espero que ella se despierte. II. Usted no quiso abrir sus ojos, y cuando lo hizo fue como despertar de un mal sueño, algo nuevo, incómodo quizás. ¿Habrá oído mis canciones? Sus manos buscan a tientas el espacio que yo he invadido. Silenciosa se toca el cuerpo, intentando reconocerse, se toca las piernas, el vellón triangular de su pubis. Pero sus manos siguen buscando lo que añora, en una nostalgia llena de casualidades. Ella me pregunta dónde estoy. Usted se refiere a un episodio de su vida, intenta contarme lo que ya sé, un encuentro casual entre dos mujeres. Tartamudea, se arregla la ropa, se alisa el pelo, se palpa las mejillas, sus palabras tropiezan y caen. ¿La volveré a ver? usted se esconde frente al espejo para no responder.
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Lilian Elphick