Cuarenta Quotes

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¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!
Antoine de Saint-Exupéry (The Little Prince)
¿Sabes?... Cuando uno esta verdaderamente triste son agradables las puestas de sol. -¿Estabas verdaderamente triste el día de las cuarenta y tres veces? El principito no respondió.
Antoine de Saint-Exupéry (The Little Prince)
No te agobies, hombre. Digamos que cada uno de nosotros mata a un estudiante. El juego es como un torneo de todos contra todos. Son cuarenta y dos... no, cuarenta estudiantes, así que si matas a cinco o seis, seguramente serás el vencedor.
Koushun Takami
Siempre me gustaron las personas con cicatrices, como los árboles. De hecho, desconfío de las personas que pasados los cuarenta no tienen ninguna.
Vanessa Montfort (Mujeres que compran flores)
Perdóname, por no encontrar otra manera de salvarme que no implicara abandonarte.
Elvira Sastre (Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo)
Pero la poesía no salva, sólo da sentido a las heridas.
Elvira Sastre (Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo)
Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario.
Arthur Schopenhauer
Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita. ¿Tuvo Lolita una precursora? Naturalmente que sí. En realidad, Lolita no hubiera podido existir para mí si un verano no hubiese amado a otra niña iniciática. En un principado junto al mar. ¿Cuándo? Aquel verano faltaban para que naciera Lolita casi tantos como los que yo tenía entonces. Pueden contar en que la prosa de los asesinos sea siempre elegante, vaya que lo sé. Señoras y señores del jurado, la prueba número uno es lo que los serafines, los mal informados e ingenuos ángeles de majestuosas alas, envidiaron. Contemplen esta maraña de espinas.
Vladimir Nabokov
—No sé, puedes meterte conmigo en ciento cuarenta caracteres. Sería divertido. A ver, por ejemplo: «Estoy cenando salmón y no dejó de mirar a Mike como si quisiese asesinarlo. RT si tú también deseas que muera de un modo lento y cruel».
Alice Kellen (33 razones para volver a verte (Volver a ti, #1))
Su rostro tenía el perfil de los veinte años y las arrugas de los cuarenta. Podía haber vivido aquella diferencia de años en un período de doce meses.
O. Henry (El impostor y otros cuentos)
El coronel comprobó que cuarenta años de vida común, de hambre común, de sufrimientos comunes, no le habían bastado para conocer a su esposa.
Gabriel García Márquez (El coronel no tiene quien le escriba)
En su año cuarenta y tres de vida, William Stoner aprendió lo que otros, mucho más jóvenes, habían aprendido antes que él: que la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra.
John Williams (Stoner)
Solamente hay una manera de leer, que es huronear en bibliotecas y librerías, tomar libros que llamen la atención, leyendo solamente esos, echándolos a un lado cuando aburren, saltándose las partes pesadas y nunca, absolutamente nunca, leer algo por sentido del deber o porque forme parte de una moda o de un movimiento. Recuerde que el libro que le aburre cuando tiene veinte o treinta años, le abrirá perspectivas cuando llegue a los cuarenta o a los cincuenta años, o viceversa. No lea un libro que no sea para usted el momento oportuno.
Doris Lessing (The Golden Notebook)
Me gustan tanto los hoy como miedo me dan los mañanas.
Elvira Sastre (Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo)
A mis cuarenta y diez, cuarenta y nueve dicen que aparento.
Joaquín Sabina
Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detectable del pasaje del tiempo.
Jorge Luis Borges (The Aleph and Other Stories)
Después de todo, amamos como nos han amado en la infancia, y los amores posteriores suelen ser sólo una réplica del primer amor. Te debo, pues, todos mis amores posteriores, incluido el amor salvaje y ciego que siento por mis hijos. Ya no puedo abrir un libro sin desear ver tu cara de calma y de concentración, sin saber que no la veré más y, lo que tal vez sea incluso más grave, que no me verá más. Nunca volveré a ser mirada por tus ojos. Cuando el mundo empieza a despoblarse de la gente que nos quiere, nos convertimos, poco a poco, al ritmo de las muertes, en desconocidos. Mi lugar en el mundo estaba en tu mirada y me parecía tan incontestable y perpetuo que nunca me molesté en averiguar cuál era. No está mal, he conseguido ser una niña hasta los cuarenta años, dos hijos, dos matrimonios, varias relaciones, varios pisos, varios trabajos, esperemos que sepa hacer la transición a adulto y que no me convierta directamente en una anciana. No me gusta ser huérfana, no estoy hecha para la tristeza.
Milena Busquets (También esto pasará)
Fue en la cocina donde empecé a comprender el significado de la palabra "esposa”. Ahí estábamos, una pareja de 24 años: un día éramos una estudiante de doctorado y un artista, y al día siguiente éramos marido y mujer. Antes siempre habíamos puesto juntos sobre la mesa las rudimentarias comidas que tomábamos. Ahora, de pronto, Stefan estaba cada noche en su taller, dibujando o leyendo y yo estaba en la cocina, esforzándome por preparar y servir una comida que ambos pensábamos que debía ser adecuada. Recuerdo pasar me cobra y media preparando algún espantoso plato de cuchara sacado de una revista femenina para terminar engulléndolo los dos en 10 minutos, pasarme después una hora limpiando los cacharros y quedarme mirando el fregadero, pensando: "¿Será esto así durante los siguientes cuarenta años?”.
Vivian Gornick (Fierce Attachments)
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.
Vladimir Nabokov (Lolita)
Me alegro, porque es posible, y subrayo posible, que ese momento no llegue nunca, que no te enamores, que no quieras ni puedas entregarle la vida a nadie y que, como yo, cumplas un día los cuarenta y cinco años y te des cuenta de que ya no eres joven y que no había para ti un coro de cupidos con liras ni un lecho de rosas blancas tendido hacia el altar, y la única vergüenza que te quede sea robarle a la vida el placer de esa carne firme y ardiente que se evapora más rápido que las buenas intenciones, y que es lo más parecido al cielo que encontrarás en este cochino mundo donde se pudre todo, empezando por la belleza y acabando por la memoria.
Carlos Ruiz Zafón (The Angel's Game (The Cemetery of Forgotten Books, #2))
Acuérdate de cómo el mundo, por fin, se convertía en una mentira y nosotras éramos la única verdad.
Elvira Sastre (Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo)
Cuarenta y dos años contra dieciocho, a la vejez viruelas, crucificadla por puta. Pero qué lindo sería morder esa fruta verde.
Enrique Serna (Fruta verde (Spanish Edition))
Él tiene cuarenta años y está encerrado ahí llorando, y ella, en cambio, tiene veinte años y también está encerrada, solo que follando.
Federico Moccia (Perdona pero quiero casarme contigo)
A los veinte años yo calculaba, medía, pesaba y planificaba. Casi cuarenta después, era capaz de apretarme la nariz y tirarme a la pileta sin haber averiguado antes si había agua o no. Pero con los ojos abiertos. Me gustaba más a mí misma ahora que a los veinte años. Una de dos, o la experiencia me había dado lo que la sabiduría popular atribuye a la juventud, o la sabiduría popular es una mierda. Me incliné por la segunda posibilidad.
Angélica Gorodischer
Aunque me dieras cuarenta hombres como él, nunca sería tan feliz como tú. Mientras no posea tu buen carácter, tu bondad, no podrá embargarme esa dicha. No, no, déjame a mi aire; y, tal vez, si me acompaña la suerte, con el tiempo pueda encontrar a otro señor Collins.
Jane Austen (Pride and Prejudice)
—Y hay más. Tan pronto no van a cortar tu planta de naranja-lima. Cuando la corten estarás lejos y no sentirás nada. Sollozando me abracé a sus rodillas. —Ya no me interesa, papá. No me interesa… Y mirando su rostro, que también se encontraba lleno de lágrimas, murmuré como un muerto: —Ya la cortaron, papá, hace más de una semana que cortaron mi planta de naranja-lima. Los años pasaron, mi querido Manuel Valadares. Hoy tengo cuarenta y ocho años y, a veces, en mi nostalgia, siento la impresión de que continúo siendo una criatura. Que en cualquier momento vas a aparecer trayéndome fotos de artistas de cine o más bolitas. Tú fuiste quien me enseñó la ternura de la vida, mi Portuga querido. Hoy soy yo el que tiene que distribuir las bolitas y las figuritas, porque la vida sin ternura no vale gran cosa. A veces soy feliz en mi ternura, a veces me engaño, lo que es más común. En aquel tiempo… En el tiempo de nuestro tiempo no sabía que muchos años antes un Príncipe Idiota, arrodillado frente a un altar, preguntaba a los iconos, con los ojos llenos de lágrimas: “¿POR QUÉ LES CUENTAN LAS COSAS A LAS CRIATURITAS?” Y la verdad es, mi querido Portuga, que a mí me contaron las cosas demasiado pronto. ¡Adiós!
José Mauro de Vasconcelos (Mi planta de naranja-lima)
Que ojalá volviera a verte cada invierno de mi vida Y vieras que contigo nunca tuve prisa. Y que ojalá sonrías y no te culpes ni te castigues Tú cambias vidas Pero no destinos
Elvira Sastre (Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo)
-¿Alguien puede decirme qué diantre es eso? Y señaló hacia el valle con un dedo imperioso e imperial, el que había utilizado para señalar las Pirámides cuando aquello de los cuarenta siglos o -en otro orden de cosas- el catre a María Valewska.
Arturo Pérez-Reverte (La sombra del águila)
El análisis de los tejidos en descomposición de los cadáveres de hipopótamo revela cuál es el secreto del perfecto ramo de flores: el DDT y la dieldrina —esta última cuarenta veces más peligrosa—, dos pesticidas prohibidos en los países cuyos mercados han hecho de Kenia el principal exportador de rosas del mundo. Mucho después de que los humanos, e incluso los animales y las rosas, hayan desaparecido, probablemente la dieldrina, una ingeniosamente estable molécula manufacturada, seguirá estando presente.
Alan Weisman (El mundo sin nosotros (Spanish Edition))
Porque recordarnos es lo único que podemos hacernos.
Elvira Sastre (Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo)
...me asusto al pensar que algún día la memoria me fallaría y entonces cómo rescatarte, y entonces cómo rescatarnos.
Elvira Sastre (Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo)
-Cuarenta talentos -dijo Devi con rabia -Tarifas del gremio. Y me acuesto contigo.
Patrick Rothfuss (The Wise Man's Fear (The Kingkiller Chronicle, #2))
Eso es. Los maratones están para disfrutarlos. Si no, ¿qué sentido tendría que decenas de miles de personas se lancen a una carrera de cuarenta y dos kilómetros?
Haruki Murakami (De qué hablo cuando hablo de correr)
En nuestra clase social pareciera que solo al llegar a ancianos dejamos de ser «niños» o «niñas». Es común escuchar «deberías andar con ese niño» o «esa niña es increíble» al hablar de hombres y mujeres que rebasan los cuarenta años. La absoluta infantilización del lenguaje que engendra adolescentes cuarentones.
Guillermo Arriaga (Salvar el fuego)
A veces, incluso, las causas de la envidia son idénticas: deseamos de la vida de alguien lo mismo que él desea de la nuestra. A los cuarenta años, en suma, la felicidad se convierte en un asunto que concierne solamente a los demás.
Luisgé Martín (La misma ciudad)
El tiempo se va. A veces pienso que tendría que ir apurado, que sacarle el máximo partido a estos años que quedan. Hoy en día, cualquiera puede decirme, después de escudriñar mis arrugas: Pero si usted todavía es un hombre joven. Todavía. ¿Cuántos años me quedan de todavía? Lo pienso y me entra el apuro, tengo la angustiante sensación de que la vida se me está escapando, como si mis venas se hubieran abierto y yo no pudiera detener mi sangre. Porque la vida es muchas cosas (trabajo, dinero, suerte, amistad, salud, complicaciones), pero nadie va a negarme que cuando pensamos en esa palabra Vida, cuando decimos, por ejemplo, que nos aferramos a la vida, la estamos asimilando a otra palabra más concreta, más atractiva, más seguramente importante: la estamos asimilando al Placer. Pienso en el placer (cualquier forma de placer) y estoy seguro de que eso es vida. De ahí el apuro, el trágico apuro de estos cincuenta años que me pisan los talones. Aún me quedan, así lo espero, unos cuantos años de amistad, de pasable salud, de rutinarios afanes, de expectativa ante la suerte, pero ¿cuántos me quedan de placer? Tenía veinte años y era joven; tenía treinta y era joven; tenía cuarenta y era joven. Ahora tengo cincuenta años y soy todavía joven. Todavía quiere decir: se termina.
Mario Benedetti (La tregua)
He perdido el rumbo pero he conocido la vida en el camino. He caído pero he visto estrellas en mi descenso y el desplome ha sido un sueño. He sangrado, pero todas mi espinas han evolucionado a rosa. Y ahora mi vida huele a flor.
Elvira Sastre (Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo)
Pero la poesía no salva, sólo da un sentido a las heridas.
Elvira Sastre (Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo)
Que cuando hablas, realmente creo que los relojes carecen de sentido si no es para pararlos y escucharte un rato más -Solo un ratito, lo juro-
Elvira Sastre (Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo)
No debería preocuparme por lo que ahora acontece. Pues cada instante niega el anterior, y la ilusión de continuidad es lo que llamamos tiempo. Que luego se convierte en sueños o recuerdos.
Ednodio Quintero (Cuarenta cuentos)
[...] el cine se mueve en un nivel más cercano a la música y a la pintura que a la palabra escrita. Por eso, las películas ofrecen la oportunidad de explicar conceptos y abstracciones sin la tradicional dependencia de las palabras. En dos horas y cuarto , hay tan sólo cuarenta de diálogo [en 2001: una odisea del espacio] Stanley Kubrick Entrevista al New York Times el 1 de abril de 1953
Paul Duncan (Stanley Kubrick. Sämtliche Filme)
Cantar el himno nacional completo, nos empleaba varios minutos todos los Lunes, en total ciento cuarenta y seis versos. Pero el Padre Malaquías nos advirtió: «Decirlo así está prohibido en México, lo prohibió oficialmente el Presidente Ávila Camacho, en la estrofa cuatro y en la siete se alude a Santa Anna y a Iturbide y eso ya no se vale». Siempre hemos sido un País al que le mochan los héroes.
José Armando López Freeman (Las miradas exactas (Spanish Edition))
Cuando yo debuté como maiko pesaba cuarenta kilos y mi quimono, veintidós. Tenía que sostenerme con todo el atuendo y de manera impecable sobre unas sandalias de madera de doce centímetros de altura. Un solo elemento fuera de lugar hubiera podido ocasionar una desgracia.
Mineko Iwasaki (Geisha, a Life)
Hacía poco que él y otros ciento cuarenta maestros habían salido al mismo tiempo de la misma fabrica, manufacturados con las mismas normas [...]. Si hubiese aprendido algunas cosas menos, habría estado en situación de enseñar muchas cosas más de una manera infinitamente mejor
Charles Dickens (Tiempos difíciles)
Cuando aquí se casan, intercambian anillos, pagan arras, reciben puñados de arroz en la cabeza, ignorantes de la simbólica milenaria de sus propios gestos. Buscan el haba en la torta de Epifanía, llevan almendras al bautismo, cubren un abeto de luces y guirnaldas, sin saber qué es el haba, ni la almendra, ni el árbol que enjoyaron. Los hombres de acá ponen su orgullo en conservar tradiciones de origen olvidado, reducidas, la más de las veces, al automatismo de un reflejo colectivo - a recoger objetos de un uso desconocido, cubiertos de inscripciones que dejaron de hablar hace cuarenta siglos.
Alejo Carpentier (The Lost Steps)
¿Qué otra cosa podía esperarse de los jóvenes universitarios en aquel entonces si hasta los que decían servir a la verdadera causa cultural y democrática del país eran hombres que arrastrarían su adolescencia mítica hasta los cuarenta años? Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, generoso y hasta premiado con futuro político, y todos como lo que eran: señoritos de mierda.
Juan Marsé (Últimas tardes con Teresa)
Aquella noche interminable, mientras el coronel Gerineldo Márquez evocaba sus tardes muertas en el costurero de Amaranta, el coronel Aureliano Buendía rasguñó durante muchas horas, tratando de romperla, la dura cáscara de su soledad. Sus únicos instantes felices, desde la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, habían transcurrido en el taller de platería, donde se le iba el tiempo armando pescaditos de oro. Había tenido que promover 32 guerras, y había tenido que violar todos sus pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en el muladar de la gloria, para descubrir con casi cuarenta años de retraso los privilegios de la simplicidad.
Gabriel García Márquez (One Hundred Years of Solitude)
Los pueblos pueden perecer por muchas causas. Pero acaso la más trágica de todas es la división que en algún momento incomunica totalmente a la comunidad.
Félix Luna (El cuarenta y cinco (Spanish Edition))
Se me han roto las brújulas y ahora mire donde mire solo estás tú Y un trozo de mar conjugado en futuro
Elvira Sastre (Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo)
¿Sabes lo que dice la gente? «Cuarenta y cinco años de comunismo y seguimos sin tener papel higiénico» ¡Somos pobres! El comunismo no funciona.
Ken Follett (Edge of Eternity (The Century Trilogy, #3))
Al acercarse a los cuarenta años, Ernest Hemingway se había transformado en una peculiar figura
Ernest Hemingway (Por quién doblan las campanas (Spanish Edition))
No soy paciente por naturaleza, pero tras cuarenta años esforzándome estoy aprendiendo a no dejar que la ira se lleve lo mejor de mí.
Louisa May Alcott (Mujercitas)
—El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad? Pero el principito no respondió.
Antoine de Saint-Exupéry (El Principito)
Una mentira dejará fuera a cuarenta verdades
Idries Shah (La exploración dérmica)
Era uno de esos tíos que consideran una mariconada no partirte cuarenta dedos cuando te dan la mano.
J.D. Salinger (The Catcher in the Rye)
A finales de noviembre los días llegaron a tener cuarenta horas.
Karen Thompson Walker (The Age of Miracles)
Cuarenta y cinco años ensayando no son jamás heroicos ni literarios
Belén Gopegui (El lado frío de la almohada)
El hombre del subsuelo puede permanecer silencioso en su pozo durante cuarenta años, pero cuando emerge del subsuelo, empieza a hablar, y ya no hay forma de detenerlo
Oscar Wilde (De Profundis)
«De noventa enfermedades, cincuenta son producidas por la culpa y las otras cuarenta, por la ignorancia.»
Bernardo Stamateas (Gente tóxica)
los cuarenta son la edad madura de la juventud y los cincuenta, la juventud de la madurez. Dicen
Paloma Sánchez-Garnica (Mi recuerdo es más fuerte que tu olvido)
Se hace llamar 'El Hijo de Sam'. También lo llaman 'el asesino del calibre cuarenta y cuatro'. Va por ahí disparando a la gente en los callejones adonde van a toquetearse
Cassandra Clare (The Bane Chronicles)
¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol. – El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad? Pero el principito no respondió.
Antoine de Saint-Exupéry (El Principito)
Los psicólogos de finales de los años cuarenta habían detectado, o afirmaban haber detectado, que la mente tenía la capacidad para defenderse de lo que en apariencia no quería percibir.
Michael Lewis (The Undoing Project: A Friendship That Changed Our Minds)
Las representaciones del amor mencionan la escasez al mostrar la abundancia. Celebrar mediante una imagen la vida puede ser, en ocasiones, la mejorar manera de recordar su pérdida. Cada lienzo desde el que un niño sonríe recuerda a los niños que apenas amanecieron; cada fotografía de un niño feliz oscurece el rastro de quienes perdieron todos sus juguetes; los niños que corren sucios y alegres en las películas del nerorrealismo italiano o en los clásicos del Hollywood de los años cuarenta son el contrapunto de una infancia enterrada en el lodo y la sangre de los invisibles.
Ricardo Menéndez Salmón (Medusa)
Él tendría unos cuarenta; una época de la vida de gran lucidez mental en la que es raro el hombre que cae en el engaño de creer que una joven se casará con él por amor: ese sueño suele ser un consuelo de nuestra edad senil
Emily Brontë
Había tenido que promover treinta y dos guerras, y violar todos sus pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en el muladar de la gloria, para descubrir con casi cuarenta años de retraso los privilegios de la simplicidad
Gabriel García Márquez (One Hundred Years of Solitude)
«Las mujeres entre los quince y los cuarenta y cuatro años tienen más posibilidades de morir o de ser lesionadas o desfiguradas debido a la violencia masculina que debido al cáncer, la malaria y los accidentes de tráfico juntos»,
Rebecca Solnit (Men Explain Things to Me)
A veces no hay una segunda oportunidad, que es mejor aceptar los regalos que el mundo nos ofrece. Claro que es arriesgado, pero ¿será el riesgo mayor que un accidente del autobús que tardó cuarenta y ocho horas en traerme hasta aquí? Si tengo que ser fiel a alguien o a algo, en primer lugar tengo que ser fiel a mí misma. Si busco el amor verdadero, antes tengo que cansarme de los amores mediocres que encuentre. La poca experiencia de vida que tengo me ha enseñado que nadie es dueño de nada, todo es una ilusión, y eso incluye tanto los bienes materiales como los bienes espirituales. Aquel que ya perdió algo que daba por hecho (algo que ya me ocurrió tantas veces) al final aprende que nada le pertenece.
Paulo Coelho (Eleven Minutes)
Aura vestida de verde, con esa bata de tafeta por donde asoman, al avanzar hacia ti la mujer, los muslos color de luna: la mujer, repetirás al tenerla cerca, la mujer, no la muchacha de ayer: la muchacha de ayer - cuando toques sus dedos, su talle - no podía tener mas de veinte anos; la mujer de hoy - y acaricies su pelo negro, suelto, su mejilla pálida - parece de cuarenta: algo se ha endurecido, entre ayer y hoy, alrededor de los ojos verdes; el rojo de los labios se ha oscurecida fuera de su forma antigua, como si quisiera fijarse en una mueca alegre, en una sonrisa turbia: como si alternara, a semejanza de esa plata del patio, el sabor de la miel y el de la amargura. No tienes tiempo de pensar mas: (47)
Carlos Fuentes (Aura)
Éste es el final de la historia de los cuarenta y siete hombres leales —salvo que no tiene final, porque los otros hombres, que no somos leales tal vez, pero que nunca perderemos del todo la esperanza de serlo, seguiremos honrándolos con palabras.
Jorge Luis Borges (A Universal History of Iniquity)
Intuyó un profundo daño en aquella alma de fuego. Se preguntó cuánto había sufrido Alinor de Bayeux, cuánto había tenido que soportar una mujer orgullosa e inteligente, tratada como un objeto, vendida a los doce años a un hombre de cuarenta. Jugándose la vida en cada parto. Obligada a callar, porque la opinión de una mujer no era importante. Condenada a ser un objeto decorativo, un trámite indispensable para perpetuar el linaje de un rudo guerrero. Viendo correr la misma suerte a sus hijas.
Laura Gallego García (Finis Mundi)
En general, la mandíbula tiene cuarenta y dos dientes; en las ballenas viejas, muchos están gastados, pero sanos, sin emplomaduras, según nuestra artificiosa costumbre. Después sierran la quijada en lajas que apilan como vigas para la construcción de una casa.
Herman Melville (Moby Dick)
si te dijera a cuántas mujeres maravillosas, lindas, sanas, tengo yo que consolar porque sienten que ya perdieron todos los derechos tan sólo porque cumplieron cuarenta. Todo está en la cabeza. Son las ideas las que nos acaban mucho antes de que se acabe el cuerpo.
Gioconda Belli (El intenso calor de la luna)
Si tuviera que resumir mi perfil diría que no sé no escribir. Que soy escritor y que todo cuanto hago tiene que ver con lo que escribo. He sacado un vino… inspirado en una novela mía. He hecho una marca de ropa… inspirada en otra. He dirigido el corto “Cuarenta Días de Mayo”, elongación de otra novela, y he editado bolsos como envoltorio para mis versos. Hago booktrailers, no solo como promo de mis libros sino como piezas audiovisuales que yo guionizo. Y es que escribir es eso, dar forma a las emociones, más allá de contar historias".
Mikel Alvira
Es preciso encontrar las historias en el momento adecuado de nuestra vida. Recuerda: las cosas que nos emocionan a los veinte no tienen por qué ser las mismas que nos emocionarán a los cuarenta, y viceversa. Esto es así por lo que respecta a los libros y también a la vida.
Gabrielle Zevin (The Storied Life of A.J. Fikry)
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos siempre fue Lolita.
Vladimir Nabokov (Lolita)
Un día vino una niñita a la que le habían dicho que conocería a la princesa Leia; imaginaos su emoción… hasta que me vio. —¡No! —chilló, apartando la cabeza—. ¡Quiero la otra Leia, no la vieja! Su padre se sonrojó y luego se inclinó hacia mí, murmurando: —Bueno, no quiso decir eso. Acabamos de ver las primeras tres películas y nos gustaste tanto en ellas… —¡Por favor! —lo interrumpí—. No tienes por qué disculparte por que le parezca más vieja a tu hija después de cuarenta años. Yo también me veo más vieja y no me pido disculpas… aunque a lo mejor debería hacerlo.
Carrie Fisher (The Princess Diarist)
Las mujeres tienen suerte, aunque el noventa y nueve por ciento no lo sabe. ¿A qué edad se lanzó Santa Teresa a reformar monasterios? A los cincuenta. Y podría citar muchos casos más. De los veinte a los cuarenta las mujeres se hallan absortas biológicamente... y con toda razón. Se preocupan de los niños, los maridos, los amantes... Las relaciones personales. O subliman todas estas cosas y se lanzan a una carrera, de forma típicamente femenina y emocional. Pero la segunda flora­ción natural es de la mente y el espíritu y su edad cuando una alcanza la madurez. Según van envejeciendo, las mujeres se interesan más en cosas impersonales. Los in­tereses masculinos se reducen, los de las mujeres se am­plían. A los sesenta un hombre se repite, por lo general, como un gramófono. A la misma edad, una mujer, si tiene cierto individualismo, es un ser interesante.
Agatha Christie (A Daughter's a Daughter)
[...]otra arremetida de «Heil Hitler!». ¿Sabes? Lo cierto es que me sorprendería que alguien no perdiera un ojo o se hiciera daño en una mano o en una muñeca en medio de ese jaleo. Bastaba con quedarse mirando hacia el lugar equivocado en el peor momento o estar demasiado pegado a otra persona. Tal vez sí que hubo heridos. Por lo que a mí respecta, lo único que puedo decir es que nadie murió por estar allí, al menos físicamente. Es evidente que no podemos olvidar los cuarenta millones de personas que recogí cuando todo hubo acabado, pero esto se está poniendo metafórico.
Markus Zusak (The Book Thief)
A pesar de mi edad (acabo de cumplir cuarenta y cinco) aún creo en el azar, el golpe de dados que supone salir en la noche a buscar un trago en una ciudad extraña, una aventura para la cual el tiempo nos va volviendo torpes y por eso, con los años, algunos prefieren la botella cerca del sofá y el televisor
Santiago Gamboa (Night Prayers)
todos abogados, médicos, eran más de cien y ya no son más que cuarenta, son los que no saben trabajar y se dejan robar el pan y reciben bofetadas de la mañana a la noche, los alemanes los llaman zwei linke Hände («dos manos izquierdas»), y hasta los judíos polacos los desprecian porque no saben hablar yiddish.
Primo Levi (Trilogía de Auschwitz)
Justo castigo La vida es un auténtico caos, pensé. Los sentimientos resultan tan imprevisibles. ¿Cómo es posible que alguien soporte permanecer casado durante cuarenta años? Parece un milagro mayor que el paso del mar Rojo, aunque mi padre, en su ingenuidad, sostenga que es esto último un logro de mayor envergadura.
Woody Allen (Without Feathers)
Antes se alcanzaba la edad adulta a los veinte, la madurez a los cuarenta y la vejez empezaba a los cincuenta. Hoy la adolescencia se extiende hasta bien entrados los treinta o cuarenta, la madurez sucede alrededor de los sesenta y la vejez empieza recién a los ochenta. Se ha estirado la juventud para complacer a esos
Isabel Allende (Mujeres del alma mía: Sobre el amor impaciente, la vida larga y las brujas buenas)
Desde que aprendí de ti soy más feliz. Es por ello que yo no creo en ti, yo te sé.
Elvira Sastre (Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo)
¿Cómo habian podido? Aquel era el universo que creara su padre. Allí estaban los pasos del Benny, la sonrisa de La Única, las danzas del maestro Lecuona, las guitarras de los Matamoros, las zarzuelas de Roig… Cuarenta años de la mejor musica de su isla se desvanecían frente a una violencia incomprensible. Rozó con sus dedos las tablas claveteadas y sospechó que jamás podría recuperar los tesoros de aquel local que su hijita y su nieta llenaran de gorjeos. Le habian robado su vida. Amalia miró a su padre, que tenía una palidez nueva en el rostro. - Papá. Pero él no la oyó; su corazón le dolía como si un puño se lo apretara. Cerró los ojos para no ver más aquel destrozo. Cerró los ojos para no ver más aquel país. Cerró los ojos para no ver más. Cerró los ojos.
Daína Chaviano (The Island of Eternal Love)
Lo mejor de mi vida, y quizá lo peor, sucede en mi mente. Lo que allí se genera, ideas, sueños, anhelos o imágines lancinantes del deseo, rebasa -con mucho- las evidencias avasallantes de lo real
Ednodio Quintero (Cuarenta cuentos)
Si cuarenta mil niños sucumben diariamente en el purgatorio del hambre y de la sed si la tortura de los pobres cuerpos envilece una a una a las almas y si el poder se ufana de sus cuarentenas o si los pobres de solemnidad son cada vez menos solemnes y más pobres ya es bastante grave que un solo hombre o una sola mujer contemplen distraídos el horizonte neutro pero en cambio es atroz sencillamente atroz si es la humanidad la que se encoge de hombros.
Mario Benedetti (Inventario tres (Inventario: Poesía completa, #3))
La feminidad se devalúa tres veces más rápido que la masculinidad. Dicho de otro modo, una mujer (bio- o tecno-) de cuarenta y cinco años está fuera del mercado heterosexual, mientras que un hombre debe esperar a los sesenta y cinco para quedar obsoleto. Podríamos calcular la edad real en la economía heterocapitalista de una mujer sumándole quince años para acercarle a su equivalente masculino, restándole dos por cada suplemento de belleza (talla de pecho, delgadez, largura y espesor del pelo, etc.) y sumándole dos años por cada detrimento político y social (divorcio, número de hijos —cada hijo suma dos años—, desempleo, etc.). Tomemos un ejemplo: Héléne tiene treinta y dos años, es una bio-mujer divorciada con un hijo, se conserva en buena forma, hace yoga, es guapa, aunque no tiene un cuerpo perfecto, está delgada y trabaja en una compañía de seguros: 32 + 15 + 2 + 2- 2- 2- 2= 45. Esta es la dura realidad.
Paul B. Preciado (Testo Junkie: Sex, Drugs, and Biopolitics in the Pharmacopornographic Era)
Twitter y Facebook han puesto a cretinos, fanáticos, racistas, homófobos y transófobos en contacto entre sí, dándoles una sensación de hermandad y permitiendo que se crezcan. Antes de Twitter, un cretino tenía que tomarse la molestia de buscar la lista de afiliados al ultraderechista British Nacional Party para ponerse en contacto con otros cretinos. Ahora les basta con sacarse de la manga ciento cuarenta caracteres de bromitas racistas, homófobas, transófobas o misóginas.
Bridget Christie (A Book for Her)
En la perrera escribí con el pensamiento que algún día tendría al coronel García vencido ante mí y podría vengar a todos los que tienen que ser vengados. Pero ahora dudo de mi odio. En pocas semanas, desde que estoy en esta casa, parece haberse diluido, haber perdido sus nítidos contornos. Sospecho que todo lo ocurrido no es fortuito, sino que corresponde a un destino dibujado antes de mi nacimiento y Esteban García es parte de ese dibujo. Es un trazo tosco y torcido, pero ninguna pincelada es inútil. El día en que mi abuelo volteó entre los matorrales del río a su abuela, Pancha García, agregó otro eslabón en una cadena de hechos que debían cumplirse. Después el nieto de la mujer violada repite el gesto con la nieta del violador y dentro de cuarenta años, tal vez, mi nieto tumbe entre las matas del río a la suya y así, por los siglos venideros, en una historia inacabable de dolor, de sangre y de amor. (...) Me será muy fácil vengar a todos los que tienen que ser vengados, porque mi venganza no sería más que otra parte del mismo mito inexorable. Quiero pensar que mi oficio es la vida y que mi misión no es prolongar el odio, sino sólo llenar estas páginas mientras espero el regreso de Miguel, mientras entierro a mi abuelo que ahora descansa a mi lado en este cuarto, mientras aguardo que lleguen tiempos mejores, gestando a la criatura que tendo en el vientre, hija de tantas violaciones, o tal vez la hija de Miguel pero sobre todo hija mía.
Isabel Allende
habiendo algunos fanáticos en el valle de Shah-i-Kot, en la provincia de Paktia. Una vez más la información era inexacta: no eran un puñado, sino centenares. Al ser afganos los talibanes derrotados, tenían a donde ir: sus aldeas y pueblos natales. Allí podían escabullirse sin dejar rastro. Pero los miembros de Al Qaeda eran árabes, uzbekos y, los más feroces de todos, chechenos. No hablaban pastún y la gente del pueblo afgano los odiaba, de manera que solo podían rendirse o morir peleando. Casi todos eligieron esto último. El mando estadounidense reaccionó al chivatazo con un plan a pequeña escala, la operación Anaconda, que fue asignada a los SEAL de la Armada. Tres enormes Chinook repletos de efectivos despegaron rumbo al valle, que se suponía vacío de combatientes. El helicóptero que iba en cabeza se disponía a tomar tierra, con el morro levantado y la cola baja, la rampa abierta por detrás y a solo un par de metros del suelo, cuando los emboscados de Al Qaeda dieron el primer aviso. Un lanzagranadas hizo fuego. Estaba tan cerca que el proyectil atravesó el fuselaje del helicóptero sin explotar. No había tenido tiempo de cargarse, así que lo único que hizo fue entrar por un costado y salir por el otro sin tocar a nadie, dejando un par de boquetes simétricos. Pero lo que sí hizo daño fue el incesante fuego de ametralladora desde el nido situado entre las rocas salpicadas de nieve. Tampoco hirió a nadie de a bordo, pero destrozó los controles del aparato al horadar la cubierta de vuelo. Gracias a la habilidad y la genialidad del piloto, pocos minutos después el moribundo Chinook ganaba altura y recorría cuatro kilómetros hasta encontrar un sitio más seguro donde proceder a un aterrizaje forzoso. Los otros dos helicópteros se retiraron también. Pero un SEAL, el suboficial Neil Roberts, que se había desenganchado de su cable de amarre, resbaló en un charquito de fluido hidráulico y cayó a tierra. Resultó ileso, pero inmediatamente fue rodeado por miembros de Al Qaeda. Los SEAL jamás abandonan a uno de los suyos, esté vivo o muerto. Poco después de aterrizar regresaron en busca de Roberts, al tiempo que pedían refuerzos por radio. Había empezado la batalla de Shah-i-Kot. Duró cuatro días, y se saldó con la muerte del suboficial Neil Roberts y otros seis estadounidenses. Había tres unidades lo bastante cerca como para acudir a la llamada: un pelotón de SBS británicos por un lado y la unidad de la SAD por el otro; pero el grupo más numeroso era un batallón del 75 Regimiento de Rangers. Hacía un frío endemoniado, estaban a muchos grados bajo cero. La nieve, empujada por el viento incesante, se clavaba en los ojos. Nadie entendía cómo los árabes habían podido sobrevivir en aquellas montañas; pero el caso era que allí estaban, y dispuestos a morir hasta el último hombre. Ellos no hacían prisioneros ni esperaban serlo tampoco. Según testigos presenciales, salieron de hendiduras en las rocas, de grutas invisibles y nidos de ametralladoras ocultos. Cualquier veterano puede confirmar que toda batalla degenera rápidamente en un caos, y en Shah-i-Kot eso sucedió más rápido que nunca. Las unidades se separaron de su contingente, los soldados de sus unidades. Kit Carson se encontró de repente a solas en medio de la ventisca. Vio a otro estadounidense (pudo identificarlo por lo que llevaba en la cabeza: casco, no turbante) también solo, a unos cuarenta metros. Un hombre vestido con túnica surgió del suelo y disparó contra el soldado con su lanzagranadas. Esa vez la granada sí estalló; no dio en el blanco sino que explotó a los pies del soldado.
Frederick Forsyth (La lista)
Ya la cosa había empezado con una enorme fiesta triunfal previa a las elecciones celebrada el 4 de marzo, «Día del alzamiento nacional»: desfiles en masa y fuegos artificiales, tambores, bandas de música y banderas repartidas por toda Alemania, la voz de Hitler sonando a través de miles de altavoces, juramentos y promesas solemnes, todo ello a pesar de que todavía ni siquiera era seguro que las elecciones no fueran a resultar un varapalo para los nazis. En efecto, así fue: estas elecciones, las últimas celebradas en Alemania, sólo les dieron a los nazis el cuarenta y cuatro por ciento de los votos (antes habían obtenido el treinta y siete por ciento), la mayoría seguía votando en su contra.
Sebastian Haffner (Historia de un alemán (Áncora & Delfín) (Spanish Edition))
A mí, Hasan, hijo de Mohamed el alamín, a mí, Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy. Me llaman también el Granadino, el Fesí, el Zayyati, pero no procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía. Mis muñecas han sabido a veces de las caricias de la seda y a veces de las injurias de la lana, del oro de los príncipes y de las cadenas de los esclavos. Mis dedos han levantado mil velos, mis labios han sonrojado a mil vírgenes, mis ojos han visto agonizar ciudades y caer imperios. Por boca mía oirás el árabe, el turco, el castellano, el beréber, el hebreo, el latín y el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Mas yo no pertenezco a ninguna. No soy sino de Dios y de la tierra, y a ellos retornaré un día no lejano. Y tú permanecerás después de mí, hijo mío. Y guardarás mi recuerdo. Y leerás mis libros. Y entonces volverás a ver esta escena: tu padre, ataviado a la napolitana, en esta galera que lo devuelve a la costa africana, garrapateando como mercader que hace balance al final de un largo periplo. Pero no es esto, en cierto modo, lo que estoy haciendo: qué he ganado, qué he perdido, qué he de decirle al supremo Acreedor? Me ha prestado cuarenta años que he ido dispersando a merced de los viajes: mi sabiduría ha vivido en Roma, mi pasión en el Cairo, mi angustia en Fez, y en Granada vive aún mi inocencia.
Amin Maalouf (Leo Africanus)
Hubiera sido tan fácil organizar un esquema coherente, un orden de pensamiento y de vida, una armonía. Bastaba la hipocresía de siempre, elevar el pasado a valor de experiencia, sacar partido de las arrugas de la cara, del aire vivido que hay en las sonrisas o los silencios de más de cuarenta años. Después uno se ponía un traje azul, se peinaba las sienes plateadas y entraba en las exposiciones de pintura, en la Sade y en el Richmond, reconciliado con el mundo. Un escepticismo discreto, un aire de estar de vuelta, un ingreso cadencioso en la madurez, en el matrimonio, en el sermón paterno a la hora del asado o de la libreta de clasificaciones insatisfactoria. Te lo digo porque yo he vivido mucho. Yo que he viajado. Cuando yo era muchacho. Son todas iguales, te lo digo yo. Te hablo por experiencia, m’hijo. Vos todavía no conocés la vida.
Julio Cortázar
¿Por qué tenían los holandeses, en tiempos de De Witt, almirantes en sus flotas balleneras? ¿Por qué Luis XVI de Francia equipó, de su propio peculio, naves balleneras en Dunquerque e invitó cortésmente a esa ciudad a unas veinte o cuarenta familias de nuestra isla de Nantucket? ¿Por qué pagó Inglaterra, entre los años 1750 y 1788, más de 1.000.000 de libras a sus balleneros, en concepto de remuneración? Y por fin, ¿cuál es el motivo por el cual nosotros, los balleneros de Norteamérica, superamos hoy en número a todos los demás balleneros del mundo, botamos una flota de más de setecientas naves, equipadas por dieciocho mil hombres, invertimos 4.000.000 de dólares por año, y el valor de las naves, en el momento de zarpar, es de veinte millones de dólares y cada año importamos a nuestros puertos una pingüe cosecha de 7.000.000 de dólares? ¿Cómo se explica todo esto, si no por algo poderoso que existe en la caza de ballenas?
Herman Melville (Moby Dick)
Uno de mis sobrinos, que vive en Boston, trabaja en las finanzas: gana una montaña de dólares al mes, está casado, tiene tres hijos, una mujer adorable y un coche estupendo. En resumen, la vida ideal. Un día, vuelve a su casa y le dice a su mujer que se va, que ha encontrado el amor, con una universitaria de Harvard que podría ser su hija, a la que había conocido en una conferencia. Todo el mundo dijo que había perdido un tornillo, que buscaba en aquella chica una segunda juventud, pero yo creo que simplemente había encontrado el amor. La gente cree que se ama, y entonces se casa. Y después, un día, descubren el amor, sin ni siquiera quererlo, sin darse cuenta. Y se dan de bruces con él. En ese momento, es como el hidrógeno que entra en contacto con el aire: produce una explosión fenomenal, que lo arrastra todo. Treinta años de matrimonio frustrado que saltan de un golpe, como si una gigantesca fosa séptica en ebullición explotara, salpicando todo a su alrededor. La crisis de los cuarenta, la cana al aire, no son más que tipos que comprenden la fuerza del amor demasiado tarde, y que ven derrumbarse toda su vida.
Joël Dicker (La verdad sobre el caso Harry Quebert)
Cuando Calíope emerge a la superficie, es como un defecto del habla adquirido en la infancia. De pronto ahí está otra vez, dándose un tironcito del pelo o mirándose las uñas. Es un poco como estar poseído. Callie surge en mi interior, llevando mi piel como un vestido amplio. Mete las manitas en las anchas mangas de mis brazos. Introduce los pies de chimpancé por los pantalones de mis piernas. Por la acera noto que sus andares de niña toman el relevo, y el movimiento me devuelve una especie de emoción, una simpatía desolada y efusiva por las niñas que veo volver a casa del colegio. Eso continúa durante unos cuantos pasos. El pelo de Calíope me hace cosquillas en la nuca. Noto la vacilante presión de su mano en el pecho —aquel viejo hábito nervioso suyo—, para ver si hay alguna novedad por ese lado. El enfermizo fluido de la desesperación adolescente que corre por sus venas inunda las mías una vez más. Pero entonces, tan bruscamente como ha aparecido, desaparece, encogiéndose y fundiéndose en mi interior, y cuando me vuelvo a mirar en un escaparate esto es lo que veo: un hombre de cuarenta y un años de pelo ondulado, más bien largo, fino bigote y perilla. Una especie de mosquetero moderno.
Jeffrey Eugenides
Clarissa habla conmigo durante exactamente cuarenta y cinco minutos, pero no es psiquiatra cualificada; es estudiante de psiquiatría. De modo que oficialmente es una visitante que tiene los ojos verdes..." "Si estaba en una misión de recopilación de datos o coqueteaba conmigo, no habría sabido decirlo. Pero que supiera qué fármacos corrían por mis privadas venas era algo profundamente íntimo." "Hay una tradición solemne en torno a lo clandestino..." "Ya no pude permitirme crear un código cuando sabía en todo momento que su último fin era ser decodificado." "Toda ella era una colección de colores pastel, y su piel, con el brillo rosa que irradiaba, contrastaba con la arena blanca y el azul turquesa de su blusa. A partir de su imagen y de los recuerdos que tenía de ella me hice una idea clara de su cualidad más conmovedora: su negativa a estar triste." "No sabía si los gestos de Clarissa hacía mí eran platónicos, aristotélicos, hegelianos o eróticos. De modo que me quedé allí, unido a ella por tres puntos: su mano en mi nuca, mi mano en su espalda y su pelo acariciándome el costado. Miré el cielo y me pregunté cómo podía estar enamorado de alguien cuyo nombre no era un anágrama..." Fragmentos de El Placer de mi Compañía, escrito por Steve Martin
Steve Martin (The Pleasure of My Company)
Son muchos mis compañeros de profesión (quiero decir, mis compañeros de profesión novelística) que consideran a Galdós su maestro. Pero entendámonos, porque aquí siempre es difícil entenderse y todo se presta a malentendidos porque aquí todo el mundo piensa siempre automáticamente lo peor de todo el mundo, lo peor que puede pensarse y de la forma más retorcida y negativa posible y basándose siempre en la presuposición de que el otro no sabe, o es facha, o es tonto, o es un hipócrita, o dice lo que dice para joder, o para medrar, o para hacerse el gracioso, o para pagar una deuda secreta con quién sabe quién, presuponiendo siempre que hay motivos secretos, programas escondidos, conspiraciones, quién sabe qué, entendámonos, todos admiramos a Galdós, y yo también, y yo también considero que es un genio, y conozco, CONOZCO sus méritos, cojones, soy licenciado en filología hispánica y he leído a Galdós, mucho, mucho, no todo pero sí mucho, he tenido delante de mí a Domingo Ynduráin diciéndonos, cuando alguien le preguntó qué novelas de Galdós debíamos leer, diciéndonos: “¿cuántas novelas cree que podrá leer?”, añadiendo a continuación que, como es lógico, debíamos leerlas TODAS (yo no he leído todas), sí, soy bien consciente de la enorme importancia de Galdós, de su genio, de su habilidad como novelista (aunque eso de que es “mejor” que Dickens siempre me ha parecido una majadería) y, más aún, de lo MODERNO de su lenguaje y también, cielos, de su IMPORTANCIA como creador del moderno cursus de la novela en español y creador de la nada del estilo de los diálogos, innovaciones todavía hoy asombrosas. Y dicho esto: ¿cómo, cómo, cómo es posible considerar a Galdós el maestro, el epítome, el modelo? Galdós, del que he dicho ya suficientes maravillas, tiene sin embargo dos graves inconvenientes. El primero es quemurió en 1920. El segundo, que nació en 1843. Mil Ochocientos Cuarenta y Tres. ¡Claro!, me dice el listillo (que abunda), ¡y Cervantes nació en 1547! ¡Si nos ponemos así! Galdós no, por favor. Galdós no. Galdós no puede ser el modelo literario de nadie a no ser que uno sea muy muy muy muy muy muy muy muy muy viejo y no haya visto, oído ni leído nada interesante en todos los terrenos del arte y de las letras desde que nació. A no ser que todos los libros, películas, obras musicales, obras de teatro, espectáculos, muestras de todas las artes en todos los estilos, formatos, medios y todos los acontecimientos del mundo de la cultura, de la creación artística, de la especulación científica y filosófica con las que ha entrado en contacto a lo largo de toda su existencia, una existencia (he de añadir) llena de estímulos, de innovaciones, de medios nuevos, imágenes nuevas, lenguajes nuevos, sueños nuevos, pesadillas nuevas, descubrimientos, inventos, avances, retrocesos, avances, saltos cuánticos, cambios de paradigma, en combinaciones inesperadas y a menudo fascinantes de retro hiper post trans poli plus meta archi, si todo eso TODO eso no ha significado nada para esa persona, si todo lo que ha vivido en toda su existencia desde el momento de su nacimiento ha significado lo mismo que 0 + 0 = 0, sólo en ese caso Galdós puede ser su modelo en el año 2013 del siglo XXI. Galdós no, hombre, no. No jodas, tío. Galdós.
Andrés Ibáñez
Por ejemplo, muchos estudios sobre felicidad matrimonial se realizaban simplemente sometiendo a los cónyuges a diversos cuestionarios. Esto se conoce como el método del autoinforme y, aunque tiene su utilidad, es bastante limitado. ¿Cómo sabemos si una esposa es feliz simplemente porque marca la casilla de «felicidad» en el cuestionario? Las mujeres sometidas en su relación a abusos físicos suelen obtener una calificación muy alta en los cuestionarios sobre satisfacción matrimonial. Sólo cuando una mujer se siente segura y es entrevistada a solas, revela sus sufrimientos. Para remediar estas lagunas en la investigación, mis colegas y yo hemos mejorado los métodos tradicionales estudiando el matrimonio con otros métodos más innovadores y exhaustivos. Actualmente seguimos a setecientas parejas en siete estudios distintos. No sólo observamos a recién casados, sino también parejas más veteranas, con cónyuges de cuarenta a sesenta años de edad. También hemos estudiado matrimonios que acaban de tener su primer hijo, y parejas interactuando con hijos recién nacidos, en edad preescolar o adolescentes. Como parte de esta investigación he entrevistado a parejas sobre la historia de su matrimonio, su filosofía sobre el matrimonio, sus puntos de vista sobre el matrimonio de sus padres. Las he filmado mientras hablaban sobre cómo habían pasado el día, sobre las áreas de continuo desacuerdo en su relación o sobre temas más alegres. Y para obtener una lectura psicológica de su estado de tensión o de relajación, he medido su ritmo cardíaco, su presión sanguínea, su sudoración o la función inmunológica. En todos los casos he permitido que la pareja viera las cintas de vídeo para que expresaran su propio punto de vista sobre lo que pensaban o sentían al ver, por ejemplo, que su ritmo cardíaco o su presión sanguínea subía bruscamente durante una discusión matrimonial. Y he mantenido el contacto con las parejas, estudiándolas al menos una vez al año para ver cómo seguía su relación. De momento mis colegas y yo somos los únicos investigadores que realizamos esta observación y análisis exhaustivo de las parejas casadas. Nuestros datos ofrecen la primera visión real del funcionamiento interno, de la anatomía de un matrimonio. Los resultados de estos estudios, y no mis opiniones, forman la base de mis siete principios para el buen funcionamiento del matrimonio.
John M. Gottman (Siete reglas de oro para vivir en pareja)