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Estoy convencido de que estamos viviendo en una sociedad poscristiana, una civilización que está bajo el juicio de Dios. Si esto suena un poco pesimista o cínica para usted, en realidad no lo es. Las Escrituras predijeron con exactitud tiempos como estos (vea 2 Timoteo 3.1–5, 13). Pero los propósitos de Dios se cumplen, no importa cómo la gente se esfuerce vanamente en contra de Él. Tito 2.11–12 nos asegura que la gracia de Dios aparece, trayendo salvación en medio de la más baja depravación humana, enseñándonos a vivir «sobria, justa y piadosamente» (v. 12). Hay una gran esperanza, aun en medio de una generación maligna y perversa, para los que aman a Dios. Recuerde, Él edificará su iglesia y «las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mateo 16.18). También es capaz de hacer que todas las cosas cooperan para el bien de sus elegidos (Romanos 8.28). Cristo mismo intercede por sus escogidos, personas que no son de este mundo, así como Él no es de este mundo (Juan 17.14). ¿Cuál es su oración? «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal… Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad» (vv. 15, 17). Entonces nuestro deber como creyentes con respecto al pecado es no tratar de purgar todos los males de la sociedad, sino que nosotros mismos nos ocupemos con diligencia en la tarea de nuestra santificación. Tenemos que preocuparnos más por el pecado en nuestras propias vidas. Solo cuando la iglesia se convierta en santa podrá comenzar a tener un efecto real y poderoso en el mundo exterior.
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John F. MacArthur Jr. (Las lecturas diarias de MacArthur: Desatando la verdad de Dios un día a la vez (Spanish Edition))